miércoles, enero 22, 2014

"TAMBIÉN CAERÁS..."


Todos estamos expuestos a dar un mal paso –o muchos malos pasos- en la vida. Hace un par de días realicé otro abono a la cuota que me corresponde. Otro porque, por supuesto, esta no fue la primera vez.


Acababa de tomar una foto con mi cámara de bolsillo, desde un andén empinado, resbaloso y lleno de hojas de colores, a menos de una cuadra de mi casa.

No sé exactamente qué pasó, pero súbitamente mi cabeza se dio contra un muro de piedra. Pese a la dureza de ambos objetos en colisión, la cabeza llevó las de perder. Las de perder la cabeza.

El golpe seco de la cámara contra las piedras tapó el golpe seco de las piedras contra la cámara. Y viceversa.

Un chorro de sangre  roja, oscura y espesa, bañó rápidamente la cara, la camisa y la mano. Pensé que se me había clavado en el ojo el lente izquierdo de las gafas. Pero no.

“La piel estalló”, me explicó horas después la cirujana plástica que se encargó de suturar la chamba larga y profunda que el golpe abrió sobre la ceja.

La sangre es muy escandalosa y el arco superciliar sangra de manera profusa.

En medio de la confusión creí haber metido la cámara en la mochila, cuando todavía, bastante grogui, caminé hacia mi casa, sin saber bien todavía cuáles iban a ser los efectos reales del porrazo.

Tras una primera lavada de la herida con agua oxigenada, me di cuenta de que no estaba la cámara. En algún momento se perdió.

Con una camisa limpia y un trozo de algodón en la herida, regresé al teatro de los acontecimientos. Le pregunté al portero del edificio del frente que, desde su asiento, había sido testigo impasible de cada detalle de los acontecimientos, si había visto que alguien cogiera la cámara o si por lo menos había visto que, después de mi caída, alguien pasara por ahí. Dijo que no. “Después de que usted se levantó yo me fui. Tenemos orden de no movernos del puesto”.

Toda esta innecesaria introducción, que sólo se justifica por no perder las oportunidades literarias que ofrece tan aparatoso (y finalmente intrascendente) tropezón, para comentar que no deja de llamarme muy negativamente la atención que alguien pueda ver, sin inmutarse, que a un ancho de calle de distancia alguien sufra un accidente y no se le ocurra ni siquiera preguntar qué le pasó.

Recuerdo que alguna vez, en uno de esos vox pops callejeros, la periodista le preguntaba a un transeúnte:

-    --  ¿En su opinión cuál es el peor defecto de los colombianos, la ignorancia o la indiferencia?

-     --  No sé ni me importa, contestaba el entrevistado.


Yo creo que es la insolidaridad.

Un defecto que crece en proporción directa al estrato social, entre otras razones porque en los sectores populares, si bien es cierto que existen el chisme, el conflicto, una territorialidad mal entendida y peor ejercida como causa y consecuencia de múltiples violencias sociales y la inseguridad en las más incontrovertibles de sus acepciones,  también lo es que, al mismo tiempo, la gente sabe que la única manera de superar las adversidades, es a través de la solidaridad. De una solidaridad que nace y crece y se reproduce por medio de la comunicación y de la compasión, entendida ésta desde su etimología como “compartir la pasión”: sentir en carne propia lo que les pasa a los otros y ser conscientes de que a uno también le puede pasar y que entonces va a necesitar de los demás.

Ese es el fundamento de las redes sociales formales o informales, en las cuales son mucho más ricos los estratos populares que la clase media y los estratos más altos. Como que en estos últimos se tiene la equivocada convicción de que si se cuenta con plata para resolver cualquier problema, no tiene razón de ser la solidaridad.


Parece que cuando algunos trabajadores, pertenecientes a los sectores populares, se encuentran en modo, espacio y tiempo “laboral”, adoptan el software de sectores socio-económicos inalcanzables para ellos y que por lo menos en los hechos se vanaglorian de su indiferencia y de su insolidaridad.

Cierto es también que formamos parte de una sociedad en la cual muchas veces resulta arriesgado el ejercicio de la solidaridad. ¿Quién se atreve, por ejemplo, a detener el carro para auxiliar a una persona herida en la calle en altas horas de la noche o de la madrugada? Lo más que uno se atreve a hacer es llamar al 123 o avisar en un CAI, incluso con el temor de que lo vayan a incriminar.


En el conocido programa de televisión “También caerás”, hay una sección en la cual realizan un montaje con actores que tiene por objeto poner en acción el sentido de solidaridad de las víctimas de la broma pesada. Le piden a gente ingenua que encuentran en las calles, que ayude al actor o a la actriz que ha asumido el papel de persona necesitada, con las más insólitas peticiones. Y mientras más ingenua la persona, responde con más buena voluntad, con mayor solidaridad.

Lo bueno del programa es que después de que se ríen un rato del que ha caído en la trampa, premian su ingenuidad y su solidaridad con significativos regalos del rango de un moderno televisor. "Miren a la cámara de También caerás” y dense cuenta de que a veces también paga ser ingenuo y ser confiado y ser solidario y ayudarles a -y apoyarse en- los demás.

Incurran cuando puedan, en algún acto de confianza, de esperanza activa, de reciprocidad. 

Corran de vez en cuando el riesgo impensable de la solidaridad. Aun cuando no se ganen un televisor, se darán cuenta de que el mayor premio es la satisfacción de llevarle la contraria a una cultura que premia al más avivato, al más indiferente, al más blindado, al más egoísta y al que ha logrado ascender más, aún sea a costa de pasar por encima del resto de la sociedad. 


Sol-idaridad
Energía para una nueva sociedad

AM - PM


 
Damas y caballeros: la variabilidad climática

domingo, enero 19, 2014

jueves, diciembre 26, 2013

COSTRA URBANA


Pertenecemos a una especie que cristaliza en costras

La ciudad en obra



lunes, diciembre 16, 2013

HIDRO... o algunas de las razones por las cuales apoyo a Petro


El 6 de Agosto de cada año supuestamente se celebra la Fundación de Bogotá, cuando realmente lo que se conmemora es el primer barrio de invasión a los cerros orientales

Porque lo que hizo en 1538 el doctor Gonzalo Jimenez de Quesada, ilustre abogado y ameno escritor, fue construir doce chozas (en la actual Candelaria), para trasladarse a ellas con su comitiva eclesiástica, civil y militar, luego de entrar en encendida contradicción (le quemaron la casa) con los indígenas que habitaban el lugar en donde inicialmente se habían establecido los españoles, a orillas del río Bogotá, en la que hoy se conoce como Localidad de Bosa.

Jimenez de Quesada se trasteó entonces a los cerros orientales, en donde se consideró mejor resguardado de posibles ataques de los habitantes ancestrales de la Sabana, y con ello dio comienzo a una nueva lógica de ocupación de esa fértil y elevada planicie, que fuera un gran lago (siglos después bautizado Lago de Humboldt) hasta cuando el barbudo Bochica le quitó el tapón en el Salto del Tequendama.

En distintos lugares de la Sabana existen vestigios de que allí existieron “espinas de pescado” y otras estructuras construidas por los muiscas para convivir en armonía con el agua, similares a las de los zenúes en La Depresión Momposina y en La Mojana o a las de la cultura Tiahuanaco, en el altiplano andino, por los lados del lago Titikaka. Los muiscas también fueron, a su manera, una cultura del agua.



Cuentan los estudiosos de la ecología de la Sabana, que en el lugar que hoy ocupa Bogotá existieron hasta principios del siglo XX cerca de 50 mil hectáreas de humedales, que a finales de ese mismo siglo se habían reducido a no más de 600 hectáreas.


Lo cierto es que hoy Bogotá es una enorme costra urbana con una extensión que sobrepasa las 40 mil hectáreas, de la cual formamos parte un poco más de ocho millones de habitantes… y muchos más si contamos la población de los municipios de la llamada Sabana Centro, situados todos dentro del área de más estrecha influencia de la capital colombiana.


Bajo –y muchas veces sobre- esa costra de cemento, ladrillo y pavimento, laten implacables las dinámicas del agua, en un territorio cruzado por más de 120 ríos y quebradas. Se expresan a veces de manera lenta, como sucede en los muchos sectores de Bogotá, como, precisamente, El Lago, donde los viejos edificios se ladean o se hunden con un efecto acumulado que finalmente resulta evidente. Otras veces se expresan de forma relativamente súbita, como sucedió hace precisamente dos años, en Diciembre de 2011, cuando surgió el “hoyo chupador” de la calle 98 con carrera 11.

O afloran en temporadas invernales, cuando las aguas de ríos y quebradas se desbordan, simplemente porque retoman los “dobladillos” con que antes contaban sus cauces naturales para expandirse en temporadas de lluvias, pero que luego fueron invadidos por constructores ilegales, o por urbanizadores legales… Legales con las autoridades distritales, pero ilegales con los cuerpos de agua.



En fin: todo esto para decir que lo que ha pretendido la Administración de Gustavo Petro (a quien por esa misma razón a veces preferiría llamar “Hidro”), es dar los primeros pasos hacia una nueva armonización de la ciudad de Bogotá con las dinámicas del agua. Lo expresa claramente el discutido Plan de Ordenamiento Territorial del Distrito, cuando afirma que “el agua es el eje ordenador del territorio”.

Con una característica importante: no se trata de “ordenar” el territorio en función de las prioridades y de las actividades humanas, sino de ordenar estas últimas en función de las dinámicas, posibilidades y limitaciones que establecen los ecosistemas y que gobierna el agua.

Tarde o temprano hubiera sido necesario replantear el modelo de ciudad, porque las dinámicas de las laderas, de los suelos, de los subsuelos y del agua van manifestando su inconformidad de manera cada vez más notoria, pero esa necesidad adquiere especial importancia ahora, ante los escenarios globales del cambio climático.

Forma parte también de ese nuevo modelo de ciudad con el cual se pretenden enfrentar los desafíos planetarios, la estrategia de “basura cero” que hoy ha tomado como pretexto la Procuraduría General para ordenar la destitución del Alcalde. En números redondos, Bogotá produce ocho mil toneladas diarias de desechos sólidos, de los cuales unos seis mil llegan al relleno sanitario Doña Juana. De liberar al ambiente de las otras dos mil se encargan los “recicladores”, que hasta esta administración habían venido trabajando, como en tantas otras ciudades de Colombia y del “Tercer Mundo”, en condiciones totalmente infrahumanas.


Transformar el modelo de ciudad, dignificar a grandes sectores de la población que antes eran invisibles o que se encontraban estigmatizados, redefinir la manera como se ocupa el territorio y las relaciones entre el desarrollo y el agua, no son objetivos que se alcancen de la noche a la mañana.

La adaptación de la humanidad al cambio climático no depende solamente de construir diques y muros sino, sobre todo, de adoptar y de aplicar valores fundamentales: equidad, solidaridad, reciprocidad, hospitalidad, responsabilidad… en fin, Identidad, entendida como sentido de pertenencia a ese territorio del cual uno forma parte y en el cual finalmente encontramos y le construimos sentido trascendente a la existencia cotidiana. 


Hoy por hoy no hay político latinoamericano (ni creo que del mundo) que no utilice en sus discursos términos como desarrollo sostenible, adaptación, participación o resiliencia. Pero la gran mayoría, cuando llegan al poder y tienen en sus manos la facultad de tomar decisiones, siguen actuando de la misma manera como han actuado sus antecesores, ignorando que o cambiamos por las buenas o las dinámicas de auto-sanación de la Tierra nos acaban sacando por las malas.

Petro no. Petro asumió el riesgo de ser coherente con el discurso y de tomar las medidas necesarias para que ese territorio al cual gobierna por decisión colectiva, se vaya transformando poco a poco, pero en serio, para que pueda convivir con las nuevas condiciones de este planeta cambiante.

Por eso lo apoyo.

Por eso, y porque como lo expresamos en una carta abierta que muchos colombianos y colombianas hemos enviado al Presidente de la República, “Somos conscientes de que un ambiente sano para la vida, y en particular para la vida humana, requiere de múltiples factores como la calidad del agua y del aire, la integridad y diversidad de los ecosistemas y el suelo sin contaminar, pero también de la existencia de una paz real basada en la eficacia de un Estado de Derecho cuya principal función sea la promoción y protección efectiva de los derechos de todas las personas que formamos parte del territorio nacional y que solo es posible en el marco de una construcción social democrática.”


jueves, noviembre 21, 2013

¡UBÍCATE!

 
 El Occidente de Bogotá, en la últimísima luz del atardecer

 Rumbo a Eldorado

 El arco y la flecha

 El gato persiguiendo al pato

sábado, noviembre 09, 2013

viernes, noviembre 08, 2013

sábado, octubre 12, 2013

OTRO BOSQUE ENCANTADO EN BOGOTÁ


Al amanecer de hoy

Redes de Curuba

 
 
 
 
 
 
 
Fucsias

 
Quebrada El Chicó a orillas de la cual florece este bosque encantado

 
 
Circuitos de complejidad
"Todo está ligado a todo... y viceversa"

 
Escher en el bosque de niebla

 
Manos tratando de salir de la tierra

 

ZAGUANES PARA INGRESAR A OTROS BOSQUES ENCANTADOS EN BOGOTÁ

viernes, octubre 11, 2013

EL AVIÓN: UNA OBRA DE ARTE


Un punto a favor de la especie humana


sábado, septiembre 21, 2013

Hitos del paisaje al oriente de Popayán


 
 
Gran parte de la historia del Cauca en el siglo XX (con efectos sobre el XXI) está relacionada con algunos de esos hitos
 
 
Los mismos hitos -más el volcán Sotará, más al sur- desde la Venta de Cajibío