sábado, noviembre 05, 2016

Bitácora del amanecer

La Luna de anoche
 

Y ahora sí, el amanecer
 6:30 am - El horizonte occidental de Bogotá

 Hacia los cerros de Suba

 Cerros Orientales: esperando al Sol

 Cerros de Suba

  
 Ceci n'est pas une pipe

 
 Cerros Orientales

 ¡¡¡ A danzar, a danzar !!!




Damas y caballeros, Bogotá DC


 Nubes iridiscentes

 7:23 pm

Saliendo tras la nube

 ¿Mamá Luna o Papá Sol?



martes, mayo 10, 2016

Notas recicladas: ¿LA MINERÍA GENERA VERDADERO DESARROLLO HUMANO?


Artículo publicado en El Nuevo Liberal de Popayán el 4 de Octubre de 2013

Un hombre agobiado por problemas económicos. Los bancos amenazan con embargarlo. La hija mayor ha tenido que abandonar la universidad por falta de plata para la matrícula y el hijo menor está a punto de dejar el colegio porque lleva varios meses colgado en las pensiones. Y para colmo de las desgracias, acaban de descubrir que debajo de su casa hay una mina de oro.

Este cuadro, por paradójico que parezca, refleja la situación de muchísimos territorios de Colombia, de América Latina  y del resto del mundo,  a los cuales les ha caído lo que el maestro Guido Barona, llamó en uno de sus libros “La Maldición de Midas” (Universidad del Valle, 1995).

El Nuevo Liberal dedicó la portada y parte de su edición del domingo pasado (Septiembre 29, 2013), a un completo informe sobre los títulos mineros que ya han sido otorgados sobre cerca de dos mil hectáreas del municipio de Popayán, y sobre las solicitudes que existen para que, en este mismo municipio, se titulen para minería 24 mil hectáreas más.

Teóricamente el hecho de que bajo el suelo de algún territorio exista oro, petróleo, carbón, coltán o cualquier otro mineral valioso para el desarrollo, debería ser motivo de satisfacción. No conozco, sin embargo, un solo caso en Colombia (ni fuera de Colombia, pero podría ser ignorancia mía) que permita demostrar que la minería ha transformado positivamente la calidad de vida de las comunidades de los lugares en las cuales esa actividad se lleva a cabo. No hablo de que se hayan incrementado las estadísticas de producción, el PIB, las regalías y otros indicadores econométricos, o incluso de que se hayan hecho algunas obras de infraestructura importantes, sino de que el conjunto social haya ganado capacidad de decisión sobre sus propios destinos, de que sus necesidades básicas hayan sido satisfechas de manera efectiva, de que haya más equidad y se hayan fortalecido las condiciones para ejercer la participación, la reciprocidad y la solidaridad, y de que se haya consolidado la identidad de las comunidades con el paisaje del cual ancestralmente han formado parte.

Un mapa oficial publicado en la Segunda Comunicación Nacional sobre Cambio Climático (Ideam, Junio 2010), basado en datos del DANE, demuestra que aquellos departamentos y regiones colombianas dedicadas históricamente a la minería, están entre aquellos con “capacidad socio-económica muy baja”; léase: con mayores necesidades básicas insatisfechas. Al mismo tiempo, son aquellas regiones con menor capacidad de adaptación al cambio climático.

Entre esos departamentos y regiones hay algunos donde la minería ha sido ejercida artesanalmente y donde ahora la ejecutan bandas armadas ilegales poseedoras de grandes maquinarias (como por ejemplo, pero no exclusivamente, la Costa Pacífica), pero también hay otros donde en las últimas décadas ha sido llevada a cabo por empresas multinacionales que llenan los requisitos que la ley establece y que poseen políticas de “responsabilidad social corporativa”, que en la práctica algunas cumplen pero que para otras son pura fachada.

Lamentablemente no hay argumentos para afirmar que la minería genera verdadero desarrollo humano. Esta afirmación es válida para la gran minería armada, pero también lo es en gran medida para la legal. Los beneficios tangibles que genera esta última en las regiones donde se ejerce no son proporcionales a los traumatismos que causa, a las rupturas individuales y colectivas de todo tipo, a los desplazamientos forzados justificados “por motivos de utilidad pública e interés social”. Las empresas pueden alegar que ellas pagan las regalías que les fija la ley, las cuales no han sido invertidas adecuadamente por los agentes estatales. Esto puede ser parcial o totalmente cierto y hay ejemplos como el caso de Yopal, en Casanare, donde la corrupción alrededor de las regalías del petróleo ha generado consecuencias criminales contra la comunidad.

Pero el hecho es que, por el motivo que sea, para la mayoría de las comunidades el que bajo su suelo aparezca algún mineral valioso, no es una bendición sino una desgracia: una “maldición de Midas”. En algunos pocos casos se han podido sanar las heridas abiertas a algunas comunidades, pero sólo tras muchos años de dolor que bien hubieran podido evitarse sobre todo si el Estado colombiano hubiera tenido una política clara frente a la manera como la actividad minera debe relacionarse con los ecosistemas y con las comunidades, y si hubiera ejercido una verdadera tutela para proteger los intereses inseparables de unos y otras.

Al leer el artículo del domingo pasado (Septiembre 29, 2013) en El Nuevo Liberal sobre la inminente irrupción de la minería en el municipio de Popayán y en general en el Macizo Colombiano, me preguntaba si el otorgamiento de esos títulos había sido concertado con las autoridades departamentales y municipales y, por supuesto, con las comunidades que van a ser afectadas. Y me lo preguntaba a sabiendas de que muy seguramente la respuesta es NO. En Mayo del presente año el Ministerio de Minas expidió un decreto en el cual reafirma que las decisiones sobre minería en los departamentos y municipios no pueden ser tomadas o afectadas ni por gobernadores ni por asambleas departamentales ni por alcaldes ni por concejos, mucho menos por comunidades y organizaciones de base. Esa potestad corresponde de manera exclusiva al gobierno central.

Para unos sectores del Estado colombiano, las consultas previas a las comunidades étnicas y los permisos y trámites ambientales son considerados como (textualmente) “dificultades que afectan la agilidad y viabilidad del desarrollo de los proyectos” (ver CONPES 3762 sobre Proyectos de Interés nacional Estratégico PINES) y no como herramientas para garantizar que las actividades “de desarrollo”, incluido los mega-proyectos mineros, no solamente sean formalmente legales con el Gobierno, sino que además –y sobre todo- sean efectivamente legales con los ecosistemas y con las comunidades. 


En conclusión, como bien lo solicita el movimiento denominado “Moratoria Minera”, no se trata de satanizar a la minería en general, sino de hacer un alto hasta establecer muy claramente dónde se puede llevar a cabo y dónde no. Y donde sí se pueda, cómo debe ser su relación con el territorio, con sus ecosistemas, con sus comunidades y con los distintos niveles del Estado. “Minería sí, pero no así” es un lema que ha ido tomando fuerza en Colombia y que resume la posición de quienes pensamos que minería puede haber pero que la locomotora tiene que cambiar de rumbo antes de que nos destruya la casa.
Semanario virtual "Caja de Herramientas" - 2012

Razón Pública - 2012

sábado, abril 09, 2016

¡MINUTOS! ¡MINUTOS!


Este relato forma parte del libro "El Universo amarrado a la pata de la cama", publicado por Villegas Editores en 2004

Esa calle, que otrora fuera uno de los jugaderos de una de mis múltiples infancias, hoy, día y noche, vive atiborrada.

De carros y de gente. De miseria. De billete.

Te piden de todo y te ofrecen de todo: lapiceros Mont Blanc y relojes Rolex (por supuesto imitaciones). Lustrada de zapatos, aunque vayas con tenis. Me imagino que si pasas descalzo, te ofrecerán un pedicure o un masaje. Que de hecho lo ofrecen: “¡Chicas! ¡Chicas!”. Sujetos con esmoquin que reparten tarjetas. De vez en cuando aparece alguien a venderte un DVD player o un juego de herramientas.

Sobre el andén, en mantas de colores, los artesanos exhiben manillas trenzadas, collares y argollas. Alguno dibuja con candela rodeado de público.

El comercio formal se divide entre bares, almacenes de ropa deportiva, sex shops, establecimientos de comida rápida, restaurantes de moda (con decenas de escoltas a la espera) y uno que otro local con libros y artefactos de la Nueva Era.

De un tiempo para acá, entre los vendedores ambulantes, han aparecido tipos y muchachas que te ofrecen “minutos”.

Yo, por principio, me negaba a comprarles. Me parecía que era rendirme ante la violación de mis derechos más fundamentales.

Cada vez hay más vendedores y vendedoras de minutos, y cada vez hay más gente que les compra. Gente que hace cola para someterse a ese negocio, redondo e infame, del cual, por supuesto, los vendedores callejeros son apenas un instrumento. Y otras víctimas.

Como les decía, yo me había negado sistemáticamente a unirme a esa cadena miserable. Pero hoy, parado en esta esquina, rodeado de carros y de gente, bajo un sol canicular que me incinera la cabeza, siento una opresión creciente en las costillas y una urgencia irresistible de comprarles.

De pronto me veo a mí mismo, en contra de mis principios, parado en una de esas colas.

-       Dame veinte minutos-, le digo a la muchacha de bluyín descaderado, que me pasa un pequeño envase plástico, con un paisaje suizo en la etiqueta.

-       ¿Con válvula o sin válvula? – me pregunta.

-        Con válvula-, le digo como con vergüenza. – Es la primera vez que compro.

-        Las instrucciones están en el envase-, me dice de manera mecánica mientras recibe la plata.

Levanto una lengüeta, como indican las instrucciones, y pego la nariz al envase.

Espero que esos veinte minutos de aire me alcancen para llegar hasta mi casa.

Paro un taxi.

viernes, marzo 11, 2016

BITÁCORA DEL AGUACERÓN


 
Prolongada ducha de las palmas Yucca

 
 
 
 
Finalmente logro fotografías un rayo diurno

 
Así cerró la tarde

"El obsceno pájaro de la noche"

lunes, febrero 15, 2016

¿Bogotá no necesita sabios?


¿Renunciaría hoy una institución de salud a un investigador especializado en el zika?

“España no necesita sabios”

El próximo 29 de Octubre se cumplen 200 años del fusilamiento por la espalda del Sabio Francisco José de Caldas.


Al Capitán de Fragata Pascual Enrile, oficial del ejército del “Pacificador” Pablo Morillo, se le atribuye, posiblemente de manera apócrifa, la tristemente famosa frase “España no necesita sabios”. Otros se la adjudican a Morillo.

Se cuenta que lo mismo - “la República no necesita sabios”-  había dictaminado un tribunal de la Revolución Francesa cuando ordenó guillotinar a Antoine Laurent Lavoisierhoy honrado con el título de “Padre de la química moderna”.

Lo cierto es que Caldas, junto con Miguel Bush (español que respaldaba la causa independentista) y Francisco Antonio Ulloa (patojo como Caldas), fueron pasados por las armas en la entonces plazuela de San Francisco de Bogotá, hoy parque Santander (frente a la DIAN).

En desarrollo de la llamada “Reconquista Española” (Vamos a recuperar la Nueva Granada), se tomaron represalias contra todos los que habían tenido algo que ver con el “Grito de Independencia” del 20 de Julio de 1810 y que a partir de allí protagonizaron ese periodo que pasó a la historia como “La Patria Boba”.

El “Pacificador” ordenó reformatear todos los discos, borrar todas las memorias, fusilar a todos sus opositores y adelantar una campaña de represión general que culminó (al menos con esos protagonistas) con la Batalla de Boyacá el 7 de Agosto de 1819.


Se salvaron los icones o dibujos de la Real Expedición Botánica, de la cual habían formado parte varios de los fusilados, porque Morillo, en un rapto de sensibilidad estética más que de interés científico, ordenó enviarlos a España, pero desaparecieron los documentos escritos que describían el contenido de las láminas.

150 años después le correspondió a ÁlvaroFernández Pérez, otro naturalista de Popayán, coterráneo de Caldas, reconstruir los textos de uno de los tomos sobre orquídeas de la Expedición Botánica.

Estados Unidos sí necesita sabios

En 1945, cuando ya la Alemania nazi tenía definitivamente perdida la guerra, los Estados Unidos llevaron a cabo la llamada “Operación Paper Clip” cuyo objetivo era sacar de Alemania una gran cantidad de científicos que habían participado en el desarrollo de armas y en otras investigaciones e invenciones al servicio del Tercer Reich.

Formó parte de ese botín de guerra el ingeniero aeroespacial Werner von Braun, quien logró entregarse, junto con otros científicos, al ejército de los Estados Unidos, antes de que llegaran los soviéticos a Peenemünde, el centro de investigación y desarrollo de cohetes de los alemanes. En ese centro nació, nada menos, el cohete V2, un misil supersónico con que los nazis bombardearon muchas veces varios objetivos, entre otros la ciudad de Londres.

Posiblemente habría habido argumentos suficientes para sentar a von Braun y a otros científicos de Peenemünde ante los tribunales, pero no: prefirieron asentarlos en un centro de investigación para que avanzaran en el desarrollo de la cohetería moderna y en 1955 le otorgaron a von Braun la nacionalidad norteamericana para vincularlo a la Nasa para que dirigiera la construcción de los cohetes Saturno.

Resultado: en 1969 el Saturno V, el cohete diseñado por von Braun, llevó por primera vez tres astronautas gringos a la Luna.

Como que Bogotá no necesita sabios…

La semana pasada, en el evento en el cual el Presidente de la organización Conservation International confirmó oficialmente la buena noticia de que su oficina para América del Sur había sido establecida en Bogotá, me enteré de la mala noticia de que Mauricio Díazgranados había sido removido de la Subdirección Científica del Jardín Botánico de esta misma ciudad, posición que venía desempeñando desde Mayo 2014 cuando Luisz Olmedo Martínez, el magnífico ex-Director del Jardín, lo convenció de que asumiera ese cargo.


Nadie niega ni cuestiona, por supuesto, la facultad de los gobernantes para elegir su equipo y para ejercer la facultad “de libre nombramiento y remoción” de sus colaboradores, pero no deja de sorprender que la Alcaldía Distrital y el Jardín Botánico se deshagan de un científico de la categoría internacional de Diazgranados: biólogo de la Universidad Javeriana con especialización en bioética en la misma universidad y doctorado en Biología de la Universidad de Saint Louis, Missouri, por recomendación expresa del Jardín Botánico de esa ciudad, con el cual la Universidad trabaja en llave.

No viene al caso presentar aquí el resultado de la actividad de Diazgranados en el Jardín Botánico de Bogotá, pero sí resaltar que bajo la dirección general de Luisz Olmedo Martínez y su equipo, cuyo componente científico lideró Diazgranados, se alcanzaron resultados concretos que pueden analizarse en detalle en el Informe de Gestión que presentó la Dirección saliente. Reconozco la elegancia del Jardín Botánico al conservar estos informes en su página web.


En los últimos años el Jardín se internacionalizó a través de acuerdos de cooperación suscritos o en proceso con el Reino Unido (Kew Gardens), Alemania (Berlín), EUA (Missouri y Smithsonian), Mexico (Universidad de Veracruz), Costa Rica (Lancaster Botanical Garden), Ecuador (Yachay Tech), Chile (Universidad de Valparaíso), Argentina (Universidad de Buenos Aires) y Brasil (Universidad de Sao Paulo).

Pero lo que más hay que lamentar del retiro de Diazgranados del Jardín es que, precisamente en este momento, se haya renunciado a un científico cuya especialidad es el estudio de la vulnerabilidad y de la respuesta adaptativa de los frailejones y demás especies de la biodiversidad de los páramos frente al cambio climático. 

La Corte Constitucional acaba de ratificar desde el ámbito jurídico, la importancia de los páramos para la viabilidad presente y futura del territorio colombiano, y es bien sabido que esos ecosistemas únicos están gravemente amenazados por el cambio climático. ¿Sacaría una institución de salud, en este preciso momento, a un investigador especializado en el zika?


Diazgranados y el equipo de científicos y jardineros especializados que él lideraba, lograron, con enormes esfuerzos, darle a vida en Bogotá a la única réplica de páramo que existe en el mundo. Las dificultades para hacerlo confirman la irreplicabilidad de estos ecosistemas y la importancia de protegerlos de todas las amenazas que los acechan.

Que yo sepa, este biólogo no tiene ningún tipo de filiación ni de militancia política. De tenerla, estaría ejerciendo legítimamente sus derechos constitucionales y eso no invalidaría ni su autoridad ni su trayectoria científica, pero lo más cercano que estuvo de la turbulenta política distrital, fue que en todos los modernos laboratorios que dejó instalados en el Jardín Botánico, trabajaban con Cajas de Petri. Yo le advertí que no faltaría algún “Pacificador” capaz de incurrir en un malentendido ideológico.

El evento de Conservation International al que hice referencia algunos párrafos arriba, estuvo inspirado por un lema: “Nature doesn’t need people, people need Nature” (La Naturaleza no necesita de la gente, pero la gente sí necesita de la naturaleza). Estoy totalmente de acuerdo con esa premisa, pero creo que en este caso particular la Naturaleza, y en particular la biodiversidad bogotana, sí necesitan un científico como Mauricio Diazgranados.

No olvidemos que el páramo más grande de la galaxia -el de Sumapaz- se encuentra en territorio del Distrito, y que el 70% del agua que consumimos cerca de 9 millones de personas en Bogotá y algunos municipios vecinos, proviene del páramo de Chingaza. Ambos páramos, como los demás de Colombia y de Suramérica, deben estar en cuidados intensivos y necesitan gente preparada que los entienda y atienda.

Concluyo esta nota con una reflexión de Miguel Delibes de Castro, en un artículo sobre Caldas que recomiendo leer. Se titula “España sí necesita sabios y en ella dice este autor español:

“Nos avergüenza Enrile, más tarde brillante gobernador de Filipinas. Pero tengo la impresión de que aún muchos consideran que los sabios son, entre nosotros, un prescindible adorno.” 

Gustavo Wilches-Chaux
Bogotá, Febrero 15 de 2016