RESILIENCIA URBANA Y CAMBIO CLIMATICO
¿Qué determina que una ciudad sea capaz de convivir sin mayores traumatismos con el cambio climático y con otras dinámicas generadoras de amenazas?
Nota introductoria: En este artículo que gentilmente me han invitado a escribir, intento resumir reflexiones y aprendizajes que he adquirido a lo largo de varias décadas trasegando los caminos de ese continuum que es la gestión ambiental - gestión del riesgo - gestión climática, y nutriéndome de las experiencias y obras de autores y actores conocedores de estos temas. La mayor parte de esas reflexiones y experiencias las he compartido ya en otros textos, algunos de los cuales cito expresamente aquí, y que a través de los links que incluyo, invito a visitar. Así mismo invito a visitar las fuentes que cito, en donde encontrarán sobre todo turbulencias actuales que me han parecido de especial interés. No estamos teorizando sobre posibilidades futuras sino sobre procesos que se están llevando a cabo en nuestros entornos inmediatos, muchos de ellos en tiempo real.
La
irreversibilidad del cambio climático
Es bien sabido que el mayor
número de desastres que han ocurrido en el mundo en las últimas décadas, han
sido desencadenados por fenómenos hidro-meteorológicos, es decir, relacionados
con dinámicas del clima y el agua.
Por una parte, esas dinámicas
-la mayoría propias de la variabilidad
climática (esa característica del clima y particularmente del tiempo
atmosférico, que consiste en estar cambiando de manera permanente)- están
siendo empujadas al extremo como consecuencia del cambio climático (el término
convencionalmente adoptado para el conjunto de ajustes que están ejecutando los
sistemas concatenados del planeta
para responder a las transformaciones que nuestra especie ha introducido en la
atmósfera y en los ecosistemas terrestres
y oceánicos). Y por otra parte, el mayor impacto de los desastres es debido a
que muchos[EG3]
territorios del mundo, tanto urbanos como rurales, han perdido su capacidad
para convivir sin traumatismos con los efectos de esos fenómenos.
En la medida en que la inadaptación y en consecuencia la
vulnerabilidad, aumentan, en esa medida los fenómenos que antes eran
expresiones normales de los ciclos hidro-meteorológicos propios de un
territorio, se convierten en amenazas capaces de generar riesgos y desastres. Si
carecemos de capacidad -de resiliencia- para convivir con “lo normal”, con
mucha mayor razón somos incapaces de convivir con los extremos que antes eran
excepcionales pero que ahora se están convirtiendo en expresiones de esa “nueva
normalidad” que está generando el cambio climático: de ese “nuevo planeta” en
que se está convirtiendo la Tierra como consecuencia de ese proceso global, en
el cual van a vivir quienes hoy se encuentran en la infancia y en la
adolescencia, así como las generaciones que no han nacido todavía.
Hoy sabemos que el cambio
climático es totalmente irreversible y que los esfuerzos que se hacen (o que se
pretenden o se dicen hacer y no se hacen) para reducir las emisiones de gases
de efecto invernadero GEI, en el mejor de los casos podrían reducir un poco la
velocidad con que se están produciendo los cambios planetarios, pero que tarde
o temprano, y más temprano que tarde, esos cambios van a llegar. Entre otras
razones, porque muchos de esos cambios (como la disminución de los glaciares en
los polos y el retroceso de los casquetes nevados en las altas montañas) ya son
una realidad, y esos cambios generan o aceleran nuevas transformaciones, en un
proceso imparable de retroalimentación
positiva[1].
En el mejor de los casos, aun cuando la mitigación (reducción de las emisiones
de GEI) lograra que dejáramos de emitir el ciento por ciento de esos gases,
meta por supuesto totalmente inalcanzable, los que ya se encuentran en la
atmósfera todavía permanecerán allí durante varios miles de años.
La
especie urbana
También es bien conocida la
tendencia de nuestra especie humana (incluida la población colombiana) a
convertirse, de manera predominante, en una especie
urbana; de aglomerarse en cascos urbanos de distintas características, pero
que en su mayoría, especialmente a medida que aumentan de tamaño, tienden a
olvidarse de su interdependencia y de sus responsabilidades con el mundo rural
circundante.
El sistema urbano que se ha consolidado en el país se
caracteriza por la clara primacía poblacional de Bogotá con más de 7,5 millones
de habitantes, seguida por 3 ciudades con población entre 1 y 5 millones de
habitantes –Medellín, Cali y Barranquilla–; 33 ciudades intermedias, con
poblaciones entre los 100 mil y 1 millón de habitantes; y más de 1000 centros
urbanos con menos de 100 mil habitantes. En términos económicos, cerca del 85%
del Producto Interno Bruto (PIB) Nacional se genera en las ciudades, de las
cuales Bogotá aporta cerca del 30% al PIB del País, indicativo éste de la
existencia de grandes brechas de desarrollo urbano. En las ciudades grandes e
intermedias, el crecimiento poblacional y de actividades económicas ha llevado
a integrar municipios y áreas rurales circundantes que articulan el flujo de la
fuerza laboral y transforman los aspectos funcionales de sus economías. Sin
embargo, estas tendencias de metropolización se constituyen en retos no
resueltos aún para la planeación y el ordenamiento territorial, ya que producen
fenómenos de conurbación y de expansión inadecuada de los cascos urbanos que
tienen un fuerte impacto negativo en el entorno y en los municipios
circunvecinos.[2]
Las cifras que aparecen en el párrafo anterior, tomado de la
página web de la oficina de ONU HABITAT en Colombia, deberán actualizarse una
vez se conozcan los resultados
del último censo[EG4] , pero lo incluyo porque
resume muy bien la tendencia hacia la urbanización de la población colombiana y
algunas de las consecuencias que esa tendencia genera.
Los siguientes apartes de un informe publicado en el diario
El Tiempo el 22 de Octubre 2017[3],
complementan, con cifras ligeramente distintas, el párrafo transcrito de ONU
HABITAT. Y además aportan un marco demográfico muy interesante para el tema que
nos ocupa.
Tener 50 millones de personas [EG5] es sin duda una bendición y muestra el
potencial del país”, sentencia el analista económico Aurelio Suárez.
“Duplicamos a Chile, somos 16 veces Uruguay”, agrega. “En
el planeta solo hay 27 países que superan los 50 millones de habitantes”,
destaca Mauricio Perfetti, director del Dane.
Aquí existe un equilibrio por edades:
hay 15’448.285 personas menores de 18 años, el 31,3 por ciento de la población;
y 5’752.958 personas mayores de 60 años, o sea el 11,7 por ciento.
Hago un paréntesis en la cita
de El Tiempo, para mencionar que estas cifras no coinciden de las presentadas
por el nuevo director del DANE, Juan Daniel Oviedo en la
Universidad del Rosario a principios de Septiembre del año en curso[4], con
base en resultados preliminares del último censo. Afirmó el funcionario que en
2018 el 9.23% de la población colombiana es mayor de 60 años, lo cual quiere
decir que de cada 100 personas 40.4 son mayores de 60 años, mientras que en
2005 quienes superaban esa edad eran solamente 28.7 de cada 100. Ese 9.23% es
inferior al 11.7% que aparece en el informe que publica El Tiempo, lo cual
querría decir que es un poco menor el ritmo de envejecimiento de la población
colombiana.
Más allá de las relativamente
pequeñas diferencias de puntos porcentuales, lo importante es que la mayoría de
que quienes hoy hemos vivido más de 60 años posiblemente habremos salido del
planeta antes del 2050, un año en el cual se espera que la población humana sea
de 9.700 millones de personas. Para entonces quienes hoy tienen menos de 18
años, tendrán menos de 50, y formarán parte de las generaciones obligadas a
enfrentar en su máxima intensidad los efectos del cambio climático. Cualquier decisión que hoy se tome -o que se deje de
tomar- que de una u otra manera fortalezca o debilite la resiliencia de
nuestros territorios, tendrá consecuencias sobre esas generaciones. Los
crímenes que hoy se cometen contra los ecosistemas y factores de los cuales
depende la capacidad de adaptación de los territorios urbanos y rurales, tienen
consecuencias transgeneracionales.
Retomo la cita de El Tiempo:
La cifra de 50 millones que, de acuerdo
con las proyecciones del Dane, tendrá el país exactamente dentro de un año, el
domingo 21 de octubre del 2018[EG6] [5], “es un éxito demográfico para
celebrar”, dice César Caballero, gerente de Cifras y Conceptos, firma
especializada en el análisis de la información estadística. “En 1985 éramos 30 millones. Ahora
somos más porque, entre otras cosas, los niños no se mueren tan pronto y
la esperanza de vida de los adultos crece cada vez más”, anota el experto.
En efecto, según el DNP, entre el 2010 y
el 2015 el país pasamos de 18,36 a 17,10 defunciones de menores de un año por
cada mil nacidos vivos. Esto ubica a Colombia en mejor posición que los vecinos
Perú y Brasil, los cuales presentan tasas de mortalidad de 20,21 y 19,21,
respectivamente.
Pero no solamente se nace en condiciones
cada vez mejores, sino que se vive más. Según el Dane, la
esperanza de vida en Colombia en 1974 era de 62,3 años. Hoy es de 76,1. Que
hacia 1902 un colombiano viviera un promedio de 33 años y que ya estemos cerca
de los 80 es un logro gigantesco.
El territorio nacional cuenta además con
una distribución demográfica de baja densidad, con excepción de Bogotá, que
tiene 8’080.734 habitantes.
Solo hay otras dos ciudades que superan los dos millones de habitantes:
Medellín (2’508.452) y Cali (2’420.114). Y otro par supera el millón:
Barranquilla (1’228.271) y Cartagena (1’024.882).
Las proyecciones del Dane hablan de 59 ciudades
que tienen entre 100.000 y 999.999 habitantes[EG7] , lo que las convierte en núcleos
urbanos con inmensas posibilidades de desarrollo. Algunas de ellas son Soledad,
en Atlántico (649.111); Bello, en Antioquia (473.423); y las capitales
Valledupar, en Cesar (473.251); Montería, en Córdoba (453.931); Villavicencio,
en Meta (506.012); Cúcuta, en Norte de Santander (662.673); Bucaramanga, en
Santander (528.497), e Ibagué, en Tolima (564.076). En cuanto a las ciudades
intermedias, hay 620 que tienen entre 10.000 y 99.999 habitantes.
Colombia
ya es una nación eminentemente urbana. En 1938, el 70 por ciento de los
habitantes estaba ubicado en áreas rurales, mientras que el 30 por ciento vivía
en las ciudades. El censo del 2005 arrojó que el 74 por ciento estaba en áreas
urbanas y el 26, en los campos.
(Resaltado mío).
Ahora sí, vamos al grano:
¿Qué
determina que una ciudad sea capaz de convivir sin mayores traumatismos con el
cambio climático y con otras dinámicas generadoras de amenazas?
Una ciudad es un sistema
complejo, un ser vivo, dotada, como todo ser vivo, de una capacidad de
autorregulación -de un sistema
inmunológico- que le otorga resistencia y resiliencia frente a distintos
tipos de procesos y fenómenos capaces de generar peligros o amenazas contra su estabilidad dinámica, su estructura y sus
funciones vitales.
Esos peligros o amenazas, de
distintos orígenes (naturales, socio-naturales o antrópicos) pueden provenir
del exterior o de interior mismo del sistema. La eficacia del sistema inmunológico de la ciudad, como
la del individuo humano, no es autónoma ni aislada, sino que está estrechamente
ligada a la resistencia-resiliencia del territorio al cual pertenece.
Con el perdón de los
especialistas que por supuesto saben mucho más que yo del tema, me atrevo a
afirmar que el sistema inmunológico de cada ser humano no está compuesto
solamente por “una red de células, tejidos y órganos
que trabajan en conjunto para proteger el cuerpo”, entre los cuales se destacan los leucocitos y el sistema linfático,
sino que de una u otra forma surge de la interacción entre todos los sistemas
concatenados del organismo (circulatorio, óseo, nervioso, digestivo, endocrino,
muscular, respiratorio, reproductor, urinario), además del sistema afectivo,
del sistema de creencias y valores y, en general del “sistema cultural” del
cual cada uno de nosotros es expresión y parte. Esto quiere decir que todo
uno es su sistema inmunológico.
Así mismo, tanto en nuestra dimensión
corporal como en nuestras dimensiones afectiva, mental y espiritual, todas
inseparables e interrelacionadas entre sí, dependemos de sistemas externos,
como es el entorno inmediato o más amplio del cual somos parte, o el que de una
u otra manera influye sobre nosotros, y de cuya salud depende la nuestra.
La capacidad de nuestros sistemas
digestivo o respiratorio para fortalecer de manera efectiva nuestra
resistencia-resiliencia, depende de la calidad del agua que bebemos, de los
alimentos que consumimos y del aire que respiramos; así como depende también de
nuestros sentidos de pertenencia y de significado frente a un paisaje con el
cual sentimos Identidad. Por eso la
destrucción del hábitat al que pertenecemos nos enferma. Este tema lo
abordo con mayor detalle en el artículo “La
salud afectiva, emocional y cultural en los desastres”[6], pues lo considero
fundamental para la recuperación de sistemas en crisis.
El sistema de autorregulación -el sistema inmunológico- del planeta, es
también el resultado de esos sistemas concatenados que antes mencionamos: un
concepto afortunado para referirse a los sistemas interrelacionados que antes
se denominaban “capas de la Tierra”: geosfera o litosfera, atmósfera,
hidrosfera, criósfera, magnetosfera y ese resultado vivo de las interacciones
entre todos estos sistemas y la energía solar que es la biosfera, de la cual formamos parte los seres humanos con la noosfera y la infosfera que hemos aportado al planeta.[7]
La capacidad del sistema vivo ciudad,
para convivir sin mayores traumatismos con los efectos del cambio climático y con
otras dinámicas generadoras de amenazas, depende así mismo de unas condiciones
y procesos internos, y de sus interacciones con las condiciones y procesos del
territorio dentro del cual la ciudad se encuentra inmersa o con los cuales
tiene alguna relación.[8] Las que existen, por
ejemplo, entre la región central de Colombia y los ecosistemas de la Amazonia y
la Orinoquia con sus 14 millones de hectáreas de humedales, de los cuales
depende en gran medida la seguridad climática de esa parte del país.
Si analizamos todos los “bienes y
servicios” que la ciudad recibe del campo, y lo que la ciudad le entrega al
campo, nos damos cuenta de que, sobre todo a medida que crecen las costras
urbanas, el balance entre lo uno y lo otro es muy poco equitativo: no existen
reciprocidad, solidaridad ni corresponsabilidad, lo cual implica que las
relaciones no sean de simbiosis (esa
relación en la cual todas las partes aportan y todas se benefician), sino que
tiendan a ser de parasitismo (esa
relación en la cual una de las partes recibe beneficios a costa del deterioro
de la otra).
Como sucede en todas las relaciones de
parasitismo, el parásito acaba destruyendo al hospedero, con lo cual el
parásito también se perjudica.
En la relación ciudad-campo esto se
manifiesta de distintas maneras. Voy a llamar la atención sobre cuatro de
ellas:
1)
El deterioro
de la seguridad alimentaria basada en la capacidad de producción de las
zonas rurales vecinas o por lo menos cercanas a los núcleos urbanos, lo cual
además de seguridad, ofrece soberanía y una relativa autonomía alimentaria que
disminuye a medida que es necesario traer los alimentos de más lejos, incluso
del exterior del país.
En el capítulo titulado “Urbanización
de tierras agrícolas de borde en la planeación urbana contemporánea de Bogotá”,
que forma parte del libro “Alimentar las ciudades”, recientemente publicado por
la Universidad Externado de Colombia, los autores Luis Gabriel Duquino Rojas y
Fabio Andrés Vinasco, mencionan cómo
Según el Documento Técnico de Soporte del Plan Maestro de Abasto
(Alcaldía de Bogotá, 2005) de las 2’425.921 toneladas de comida que consume la
población de Bogotá, el 33% es producido en un anillo que comprende 19
municipios en un radio menor a 160 kms; el 44% un segundo anillo con radio
entre los 160 y los 300 kms (en los que Boyacá y Cundinamarca producen casi la
totalidad de lo consumido); y el restante 23% es producto de otras regiones del
país e importaciones.[9][EG8]
Lo anterior muestra una enorme ventaja
comparativa con que cuenta Bogotá (y que tienen pocas ciudades del mundo de
tamaño similar) y cuya protección debe entenderse y ejercerse como un deber del
Estado y un derecho tanto de las comunidades urbanas consumidoras de esos
alimentos, como de las comunidades rurales que lo producen[10]. Esta ventaja, sin
embargo, está amenazada por factores como el que se presenta en el ejemplo
siguiente.
2) El avance de la costra urbana
sobre suelos antes dedicados a la producción de alimentos, o el impacto que
sobre los territorios ejerce la extracción de materiales de construcción
para alimentar el crecimiento desbordado de esa misma costra urbana.
Este informe publicado hace
tres años en Portafolio nos da una idea de la dimensión que tenía en ese
momento el problema, y que hoy por supuesto es mucho mayor.[11]
De acuerdo con las
cifras que tiene Asogravas, la construcción de obras civiles y de edificaciones
está requiriendo anualmente cerca de 160 millones de toneladas de agregados.
“Este sector representa el 45 por ciento del total de los títulos mineros que
hay en Colombia, que son unos 4.000 aproximadamente”, explicó el directivo
(Carlos Fernando Forero, presidente de ASOGRAVAS).
Sin embargo, ante la
creciente demanda de materiales, se prevé que en la próxima década se requerirá
el doble de agregados para poder surtir con amplitud al renglón de obras
civiles y de construcción de edificaciones. Lo anterior significa que en
Colombia se necesitarán 320 millones de toneladas anuales en el año 2025.
“Por abundancia del
recurso no hay problema. Por capacidad instalada de la industria, tampoco. Hay
capacidad instalada suficiente”, explicó Forero. Sin embargo, dejó claro que
las restricciones ambientales que han impuesto algunas ciudades y municipios a
la explotación de estas materias primas han alejado las fuentes en las que los
constructores pueden encontrar los materiales. […]
‘LAS FUENTES DE MATERIALES SE
HAN IDO ALEJANDO’: ASOGRAVAS[EG9]
De acuerdo con el
presidente de Asogravas, la construcción de infraestructura y de edificaciones
en Bogotá se ha visto abocada a un problema: se trata del alejamiento de las
fuentes de materiales que en otros tiempos estaban más cercanas a la capital.
Por ejemplo, en la actualidad están llegando productos que vienen del municipio
de Saldaña (Tolima).
“A Bogotá están
llegando agregados (arena, grava, gravilla y triturados) de distancias que
sobrepasan los 170 kilómetros. Bogotá seguirá demandando materiales”, manifestó
el directivo. (Hasta aquí la cita de Portafolio)
Esas “restricciones ambientales que han
impuesto algunas ciudades y municipios a la explotación de estas materias
primas”, frente a las cuales el directivo expresa molestia, surgen nada menos
que de la aplicación del artículo 79 de la Constitución, que determina que
Todas las personas tienen derecho a gozar de un ambiente sano. La ley
garantizará la participación de la comunidad en las decisiones que puedan
afectarlo. Es deber del Estado proteger la diversidad e integridad del
ambiente, conservar las áreas de especial importancia ecológica y fomentar la
educación para el logro de estos fines.
Estamos ante un claro ejemplo de cómo
las comunidades campesinas y las autoridades y otros actores de los municipios
pequeños, cercanos y ya no tan cercanos a las grandes ciudades, acuden a los
instrumentos que la Constitución y la Ley les otorgan para evitar que el
crecimiento de las grandes costras urbanas, materialmente se los trague por encima y por debajo. Sabemos que, precisamente en
este momento, cursan en distintas instancias, proyectos de ley y ponencias en
estrados judiciales, tendientes a recortar el derecho de las comunidades y de
las autoridades locales a oponerse a decisiones externas que pueden poner en
peligro sus territorios y su propia existencia.
3) El deterioro de la seguridad hídrica, y
en general de la seguridad climática, en la medida en que se deterioran los
ecosistemas cercanos e incluso más lejanos, de los
cuales depende la continuidad del ciclo de agua, del cual a su vez depende la
seguridad energética cuando la electricidad proviene de la generación
hidráulica.
A pesar de que la oferta hídrica con
que cuenta Colombia supera a la de muchos países del mundo, la combinación
entre el deterioro de ecosistemas estratégicos para mantener el ciclo del agua
(páramos, bosques de niebla, selva tropical, humedales) y en general el manejo
inadecuado de cuencas, subcuencas y microcuencas, junto con la ocurrencia cada
vez más frecuente de fenómenos extremos ligados a la variabilidad climática y
al cambio climático, caracterizados unas veces por exceso de lluvias y otras
por ausencia prolongada de las mismas, está incrementando la conciencia de que
en el futuro se van a repetir muchas veces condiciones como las que en
2010-2011, con ocasión del fenómeno de La Niña, incluso territorios en los
cuales durante siglos han existido culturas anfibias, vivieron situaciones de
desastre por exceso de lluvias, desbordamientos de cuerpos de agua,
deslizamientos, etc. O como las que en el cercano 2016, con motivo de la
presencia de El Niño, pusieron a Colombia al borde de una emergencia climática,
con amenaza de racionamientos de agua y electricidad.
Mientras esto se escribe advierten el
IDEAM y varios organismos internacionales encargados de monitorear el
comportamiento climático de la región, sobre la existencia de una alta
probabilidad (70%) de que hacia finales del año 2018 y principios de 2019 se
materialicen en Colombia los efectos de un fenómeno de El Niño moderado. Los
preparativos que se están llevando a cabo a nivel nacional, liderados
directamente por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible en el nivel
nacional, y por las Corporaciones Autónomas Regionales y los Consejos de
Gestión del Riesgo de Desastres en las regiones, generan confianza en que esta
vez no vuelva a “cogernos de sorpresa” la ocurrencia de un fenómeno hidrometeorológico
previamente anunciado, como sucedió en 2010-2011 y en 2016.
Así mismo, los escenarios de cambio
climático elaborados por el IDEAM, al igual que la Tercera Comunicación
Nacional sobre Cambio Climático, advierten que el país rural y el país urbano
no pueden planificarse ni gestionarse al margen de esa realidad. La ciudad de
Bogotá y los municipios aledaños, que se abastecen en un alto porcentaje (75%)
de agua procedente del Sistema Chingaza, el cual a su vez se nutre en parte de
un trasvase del río Guatiquía que pertenece a la cuenca del Orinoco, deben
entender la responsabilidad que les compete en cuanto al manejo del agua. El
concepto de “Región Hídrica del Río
Bogotá” [12]
se forjó con el objetivo de generar esa conciencia y de proponer enfoques
adecuados para la gestión de la misma. Como bien lo recordamos quienes hemos
vivido las consecuencias de La Niña o de el Niño en las grandes ciudades
colombianas, estas costras resultan
tan vulnerables a los extremos hidrometeorológicos como las zonas rurales.
El crecimiento desbordado de las
ciudades no contribuye en nada ni a la resiliencia de la propia urbe ni a la
del territorio que las provee.[13]
4)
Las implicaciones sobre las ciudades de las
violencias en el campo
Muchos autores han insistido -yo en
varios artículos- en que las múltiples violencias que durante décadas han
afectado a las comunidades campesinas de todas las regiones de Colombia, tanto
la violencia armada como la violencia estructural que genera la visión
urbanocéntrica del desarrollo, no solamente producen efectos nocivos sobre esas
comunidades rurales sino también sobre las ciudades. En el mismo texto de ONU
HABITAT que cité en las primeras páginas de este artículo, resaltan que
La urbanización del país ha tenido claros elementos
diferenciadores con los demás países de la Región, en la medida en que ha
sufrido un conflicto armado que ha acelerado los proceso de migración hacia las
ciudades, y en la misma vía, su accidentada geografía y modelo de colonización,
han contribuido a la proliferación de centros urbanos de importancia a lo largo
del territorio colombiano[14].
La mayor parte de las familias que se asientan en
zonas de alto riesgo, en laderas vulnerables o en las orillas de humedales,
ríos y quebradas, son de origen campesino, y como dijimos atrás, han sido
obligadas a urbanizarse ya sea por acción
de actores armados o de otro tipo de desplazadores
(amparados muchas veces por argumentos “legales”), o por la falta de
oportunidades en el campo, especialmente para las generaciones más jóvenes.
Siempre entendí -y sigo considerando- que el primer
punto del Acuerdo de Paz de La Habana, titulado “Hacia un Nuevo Campo Colombiano: Reforma Rural Integral”[15],
más que un mero pacto entre un grupo armado ilegal y el Estado, constituye un acuerdo de paz entre la Colombia rural y
un modelo de país que excluye a las poblaciones campesinas de los
beneficios que debe generar un verdadero desarrollo, o que las obliga a
renunciar a su condición rural como único medio (no garantizado) para poder
acceder al ejercicio de sus derechos fundamentales y a los innegables
beneficios que ofrece el siglo XXI.
En la medida en que las comunidades rurales no
cuenten con verdaderas oportunidades y con calidad de vida en el campo, sobre
todo los campesinos más jóvenes seguirán migrando a las ciudades, sometiéndose
a condiciones de alto riesgo (desde todo punto de vista) y generando a su vez
mayores riesgos para las ciudades. El campo productor de bienes y servicios
indispensables para la resistencia-resiliencia y para la seguridad integral de
las ciudades (que incluye la seguridad alimentaria, la
climática, la hídrica, la energética), tarde o temprano acabará
desocupándose. O se dedicará de manera exclusiva a la agroindustria enfocada
hacia monocultivos de exportación, con consecuencias tan graves para la
seguridad alimentaria como las que hoy viven la Argentina y otros países
suramericanos en donde ese modelo que en Colombia conocemos como ZIDRES se ha
venido implantando.[16]
El hecho de que todavía, a pesar de las tendencias
hacia la urbanización de la población campesina, todavía exista en el país un
porcentaje importante de población rural (entre el 20% y el 25%) es, como diría
el título del “Informe de Desarrollo Humano” que elaboró el PNUD en 2011, una
“Razón para la Esperanza”. Una meta del desarrollo colombiano debería ser
incrementar el porcentaje de población campesina, o por lo menos, inicialmente,
evitar que siga migrando a las ciudades, con base en la generación de atractivos
tangibles para su permanencia en el campo.
El
fortalecimiento del sistema inmunológico
interno de las ciudades
Ya vimos cuatro de los procesos que afectan al componente rural en
los territorios de los cuales forman parte las ciudades [EG10] y que resulta indispensable revertir para que la
relación ciudad-campo se vuelva más equitativa, más recíproca, más solidaria y
mas corresponsable. Y no solamente en beneficio del campo sino de las mismas
ciudades. Aun desde el punto de vista del egoísmo
antropocéntrico -desde la necesidad de generar condiciones que le permitan
operar efectivamente al sistema
inmunológico de las ciudades- resulta demostrable la necesidad de construir
otro tipo de relaciones con el campo.
Vamos ahora a enumerar algunos de los factores e
interacciones que conforman ese sistema
inmunológico interno de las urbes, y sobre los cuales hoy pesan, en
ciudades como Bogotá, enormes amenazas. El deterioro -muchas veces consciente e
intencional- de esos factores que le otorgan al ser vivo ciudad su resistencia-resiliencia, que se traduce en
capacidad para amortiguar los impactos de procesos como el cambio climático,
resulta tan irresponsable como sería entregarle el computador a un técnico para
que actualizara el antivirus durante una epidemia de virus informáticos, y el
técnico nos
lo devolviera [EG11] con el antivirus desactivado.
El sistema
inmunológico de las ciudades se sustenta en tres componentes
interdependientes entre sí: el Patrimonio Natural Urbano,
el
Patrimonio Institucional (que incluye normas e instituciones y confianza en las
mismas) y el Patrimonio Cultural y Organizativo de las comunidades. En condiciones
ideales cada uno debería existir y actuar en función de fortalecer a los otros
dos.
El Patrimonio Natural Urbano está conformado por el
arbolado de la ciudad, y por los suelos
vivos de las zonas urbanas; por toda la biodiversidad de microrganismos,
flora y fauna que ofrecen nuestros ecosistemas intertropicales, la cual se
enriquece con la presencia de especies exóticas que, con el debido manejo integral
de los ecosistemas, es posible evitar que se conviertan en plagas.
Entran en este listado las aves migratorias (extranjeras con nacionalidad colombiana)
cuya seguridad depende de la existencia de los ecosistemas que les ofrecen
hospitalidad en determinadas épocas del año. La Asociación Bogotana de Ornitología
ha advertido expresamente sobre los peligros que generan para las aves
migratorias y para las insectívoras, las talas masivas de árboles urbanos y el
deterioro de los humedales. Según explicación del ornitólogo caucano Fernando
Ayerbe, de la integridad y biodiversidad de los ecosistemas a donde llegan las
aves migratorias, depende que se minimice la posibilidad de que sus visitas
generen epidemias en Colombia, como la llamada gripa aviar. La presencia de aves nativas y migratorias
en las ciudades es un indicador irrefutable de que existen condiciones para una
buena calidad de vida para los habitantes humanos.
El Patrimonio Natural Urbano está conformado
también por todos los cuerpos que de
una u otra manera forman parte integral del ciclo de agua (ríos, quebradas,
sumideros, humedales, aguas subterráneas, aguas atmosféricas, humedad en el
suelo y en la biomasa) y por los procesos, como la evapo-transpiración, que
vinculan entre sí a los anteriores; y por los “servicios ambientales” -como el servicio de sombra y como la reducción
del efecto “Isla de Calor Urbano”- que surgen de esas interacciones.
Y forman parte fundamental de ese sistema inmunológico, áreas como la
Reserva van der Hammen, que cumplen, entre otras, un función similar a la que
cumplen los discos intervertebrales en la columna vertebral: articular unos
cascos urbanos con otros, pero evitando que se rocen o se peguen entre sí.
Cuando el disco se desgasta o desaparece, surge la conurbación, que viene a ser una especie de hernia discal.
Más sobre la función que cumple la Reserva van
der Hammen en la mitigación de los efectos del cambio climático, se puede leer
en “Islas de Calor Urbano,
adaptación al cambio climático y escenarios de desarrollo regional para
Bogotá-Cundinamarca”[17]
El
Patrimonio Natural Urbano y la salud integral
Ante recomendaciones como la que hacen las
autoridades de salud por el alarmante incremento del cáncer de piel en las
ciudades colombianas, tales como “Realizar actividades en zonas cubiertas en los períodos de mayor
radiación (10:00 am a 4:00 pm)”[18],
adquiere especial importancia ese servicio
de sombra que prestan los arboles urbanos. En últimas, de una u otra manera,
todos los habitantes de las ciudades en
muchos momentos somos habitantes de la
calle, que requerimos de
espacios públicos que nos ofrezcan seguridad integral, incluso frente a las
radiaciones que disparan el cáncer. Ese servicio
de sombra lo prestan los árboles que ya han desarrollado un porte adecuado,
por lo cual no deberían ser talados a menos que existan razones objetivas y
comprobables que indiquen que representan amenazas para los transeúntes o para el
vecindario. Muchos años tarda un árbol recién sembrado en alcanzar las
características que le permiten prestar ese servicio
de sombra y ofrecer a las ciudades otros beneficios ambientales. Qué es un árbol[19]
De acuerdo con la FAO, entre otros muchos estudios sobre la
materia
Los grandes árboles de las ciudades son excelentes filtros
para los contaminantes urbanos y las pequeñas partículas. Los árboles
proporcionan alimentos, como frutas, frutos secos y hojas. Pasar tiempo cerca de los árboles mejora la salud física y mental
aumentando los niveles de energía y la velocidad de recuperación, a la vez que
descienden la presión arterial y el stress. Los árboles colocados de manera
adecuada en torno a los edificios reducen las necesidades de aire acondicionado
en un 30% y ahorran entre un 20% y un 50% de calefacción. Los árboles
proporcionan hábitat, alimentos y protección a plantas y animales, aumentando
la biodiversidad urbana. ¡plantar árboles hoy es clave para las generaciones
futuras[20].
(Resaltado mío)
Esto lo confirma un estudio realizado por investigadores de
la Perelman School of Medicine y la School of Arts & Sciences de la
Universidad de Pensilvania (Estados Unidos), que destaca el diario el
Espectador[21] y que concluye que
Personas que viven cerca de solares con vegetación
ven reducidos sus síntomas depresivos
en un 41,5 por ciento y percibían mejor su salud mental, en
comparación con aquellos que tienen solares vacíos y sin
vegetación. "Los espacios vacíos ponen a los residentes en mayor
riesgo de depresión y estrés y pueden explicar por qué persisten las disparidades socioeconómicas en la
enfermedad mental. Lo que estos nuevos datos nos muestran es que hacer
cambios estructurales tiene un impacto positivo en la salud de las personas que
viven en estos vecindarios", han aseverado los expertos.
Ahora bien, los resultados fueron más pronunciados
cuando solo se observaron vecindarios
por debajo del umbral de la pobreza, con una disminución
significativa de los sentimientos de depresión entre los residentes que vivían
cerca de los solares con vegetación, en más del 68 por ciento.
Por tanto, el estudio muestra que la transformación
de los entornos barriales arruinados en espacios verdes puede mejorar la
trayectoria de la salud mental de los residentes. Agregar espacios verdes a los vecindarios debe
considerarse junto con los tratamientos individuales para abordar los problemas
de salud mental en comunidades de bajos recursos.
El sistema inmunológico de las
ciudades también incluye todos los factores y las interacciones que reducen el
efecto denominado “Isla de Calor Urbano”, cuyas causas son
por una parte, la
transformación del suelo por la urbanización, proceso que implica sustitución
de áreas verdes por superficies duras; reducción de las superficies porosas a
través de las cuales se producen intercambios de humedad y calor entre el suelo
y el aire, materiales de construcción de edificios y vías que absorben gran
cantidad de calor, y otros factores como la densidad entre las edificaciones y
la altura de las mismas, que determinan que las ciudades retengan y acumulen
una mayor cantidad de radiaciones calóricas procedente del Sol que la que
retienen las zonas rurales.
Y por otra parte, las ciudades son en sí mismas grandes productoras y en
alguna medida “exportadoras” de calor debido a la concentración urbana-humana,
a las actividades productivas, a los medios de transporte y a la emisión de
gases de efecto invernadero.
Ambas causas
se retroalimentan positivamente entre sí, es decir, se refuerzan mutuamente, e
incrementan la intensidad del fenómeno.
Las islas de calor
urbano no son producto del cambio climático sino que surgen independientemente
de ese proceso global, pero por supuesto su intensidad y su impacto aumentan a
medida que aumenta la temperatura promedio del planeta y con ella la
temperatura del territorio del cual cada ciudad forma parte. Un documento de la
EPA (Agencia ambiental de los Estados Unidos) sobre el tema describe las islas
de calor urbano como “cambios climáticos locales”.
Lo mismo puede
afirmarse de la relación entre las islas de calor urbano y esa expresión de la
variabilidad climática que es el fenómeno de El Niño. En este momento las islas
de calor urbano en las ciudades colombianas producen unos efectos de elevación
de temperatura, concentración de la contaminación atmosférica e inversión
térmica más fuertes que cuando no existe la presencia de El Niño.
Más sobre el tema -y sobre la función que cumple la Reserva van der
Hammen en la mitigación de los efectos del cambio climático, se puede leer en “Islas de Calor Urbano, adaptación al cambio
climático y escenarios de desarrollo regional para Bogotá-Cundinamarca”[22]
No profundizo aquí otras relaciones estrechas entre
la salud humana y la integridad y biodiversidad del Patrimonio Natural Urbano
(algunas ya mencionadas en la cita que hicimos de FAO), como son todas aquellas
que permiten que podamos respirar un aire de mejor calidad y que mitigan las
contaminación que generan las fuentes emisoras -fijas y móviles- de gases y de
partículas sólidas en suspensión; así como la contaminación sonora. Pero sí
resalto que el Detrimento del Patrimonio
Natural -que debe reconocerse como un delito- tiene grandes implicaciones
económicas tanto para el Patrimonio Público (servicios de salud y otras
instituciones), como para la economía de las familias y personas cuya salud
personal se ve gravemente afectadas por el deterioro de la calidad ambiental.
El Patrimonio Institucional
Esta es otra de las patas del trípode en que se sustenta el sistema inmunológico de los territorios urbanos y rurales. Dado el
tema que nos ocupa, vemos a centrarnos en la ciudad.
El Patrimonio Institucional comienza por la
efectiva existencia de un Estado Social de
Derecho, tal y como lo define en su Artículo 1° la Constitución Nacional:
Colombia es un Estado social de derecho organizado en forma de República
unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el
respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas
que la integran y en la prevalencia del interés general.
Teóricamente, en ese marco político, jurídico y sobre todo ético, deberían fundamentarse
todos los desarrollos del país, tanto
en el sector público como en el privado, en la comunidad, y en las relaciones
de todos estos entre sí y con el entorno “construido” y natural.
Quienes conformamos la llamada sociedad civil en la Colombia urbana y rural (de la cual también
forman parte los funcionarios públicos en su condición de ciudadanos),
deberíamos tener argumentos y experiencias que nos permitieran confiar en que eso es así: en que la
institucionalidad colombiana está constituida para proteger los derechos
fundamentales que consagra esa misma Constitución, comenzando por el Derecho a
la Vida y todos los que se derivan de allí.
Deberíamos poder creer que esas
características de “democrática, participativa y pluralista, fundada
en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las
personas que la integran y en la prevalencia del interés general”, no son mera
letra escrita sino unas verdaderas reglas
del juego que todos los actores y sectores del territorio colombiano
estamos obligados a cumplir.
Deberíamos poder confiar en que no
existen funcionarios públicos ni figuras políticas o del sector económico o de
la sociedad, exentas de cumplir la ley, y cuyos actos claramente contrarios al
principio constitucional del “interés general” no se queden en la impunidad.
Al principio de este texto mencioné que “cualquier decisión que hoy se tome -o que se deje de tomar- que de
una u otra manera fortalezca o debilite la resiliencia de nuestros territorios,
tendrá consecuencias sobre esas generaciones (las que
tendrán que enfrentar los impactos más contundentes del cambio climático en un
planeta superpoblado). Los crímenes que
hoy se cometen contra los ecosistemas y factores de los cuales depende la
capacidad de adaptación de los territorios urbanos y rurales, tienen
consecuencias transgeneracionales.”
Repito ahora esa
afirmación, a la luz de estas reflexiones sobre el que he denominado Patrimonio
Institucional. Cuando cotidianamente vemos cómo se toman sin control alguno, decisiones
que atentan contra el Patrimonio Natural de los territorios urbanos y rurales y
contra los intereses de las comunidades que de una u otra manera dependen,
incluso en términos afectivos e identitarios, de ese Patrimonio Natural, no
puedo menos que convencerme de que existen grandes debilidades en esta pata del trípode, sobre el cual se
sustenta la capacidad de nuestros territorios, y de nuestras ciudades en
particular, para adaptarse de manera
que las generaciones actuales y futuras puedan convivir sin grandes
traumatismos con los efectos del cambio climático.
El Patrimonio Cultural y Organizativo
La otra parte de ese trípode es el Patrimonio
Cultural y Organizativo de las distintas comunidades urbanas y rurales del
país, tan diversas en todos los aspectos como son todas las expresiones de
nuestra biodiversidad.
A medida que la
Naturaleza habla de manera cada vez más contundente y más clara, y que la
gente comienza a darse cuenta -muchas veces por experiencia propia- de que
efectivamente los desastres no son
naturales sino que son la consecuencia inevitable de que las decisiones
humanas se toman sin tener en cuenta la
Naturaleza (y sin tener en cuenta a las comunidades), en esa medida esas
comunidades multi-diversas comienzan a reconocer intereses comunes y a
descubrir o a confirmar que la manera de defenderlos es a través de la organización y de la participación informada.
Cuando esos tres patrimonios -el Natural, el
Institucional y el Cultural-Organizativo- resuenan
en función expresa o tácita de dar cumplimiento eso con que empieza la
Constitución (que somos una República “democrática, participativa y
pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la
solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés
general”), y a partir de allí se enfocan también en
convertir en realidad lo que también consagra el ya citado Artículo 79 de la
misma Constitución en cuanto a que “Todas
las personas tienen derecho a gozar de un ambiente sano [y que] la ley garantizará la participación de la
comunidad en las decisiones que puedan afectarlo [y que] Es deber del Estado proteger la diversidad e
integridad del ambiente, conservar las áreas de especial importancia ecológica
y fomentar la educación para el logro de estos fines”, entonces se reducen
las posibilidades -o las certezas- de que ocurran desastres de origen
hidro-climático o de cualquier otro origen.
Cuando eso no ocurre, la Naturaleza que no se deja
engañar, ni amedrentar, ni sobornar, pasa la cuenta. La mayoría de las veces en
perjuicio de quienes muy poco o nada han tenido que ver con las decisiones o
las indecisiones que conducen al desastre.
Espero que este artículo haya logrado aportar
algunas enzimas que faciliten la
digestión de esas turbulencias de las
cuales no solo somos testigos sino muchas veces actores o afectados directos o
indirectos y en tiempo real. Y sobre todo, que haya aportado algunas luces
sobre cómo podemos participar proactivamente para transformar en favor de la
Vida nuestra realidad.
[1] Retroalimentación positiva: el
funcionamiento del termostato del calentador de agua que en lugar de desconectar
la corriente cuando el agua alcance determinada temperatura, aumentara el
voltaje para que el agua se caliente todavía más.
[3]
https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/colombia-llegara-en-el-2018-a-los-50-millones-de-habitantes-segun-el-dane-143190
[4] https://www.elespectador.com/economia/colombia-se-esta-envejeciendo-el-923-de-la-poblacion-tiene-mas-de-60-anos-articulo-810148
[5] (De acuerdo,
sugiero actualizar este comentario de pie de página), Posiblemente cuando este
artículo esté publicado ya conoceremos los resultados finales del Censo 2018
pero el Director del DANE anticipa que muy probablemente Colombia no alcanza en
este momento a tener 50 millones de habitantes. Esto coincide con las
proyecciones que han realizado para Bogotá demógrafos como Ernesto Rojas
Morales, quien desde hace tiempo viene cuestionando como exageradas las
proyecciones con que la Alcaldía de Bogotá pretende justificar el crecimiento
sobre suelos periféricos y zonas de reserva natural, de la costra urbana de la
ciudad. https://www.eltiempo.com/economia/sectores/resultados-del-censo-nacional-no-llegarian-a-los-50-millones-de-habitantes-272810
[7] Ver “Fundamentos
éticos de la gestión del riesgo” – Revista Nómadas 22 – Universidad del
Rosario http://nomadas.ucentral.edu.co/index.php/inicio/27-medio-ambiente-historia-y-politica-nomadas-22/374-fundamentos-eticos-de-la-gestion-del-riesgo
[8] Ver ¿Ciudades Sostenibles? http://viva.org.co/cajavirtual/svc0360/articulo09.html
[9] Luis Gabriel Duquino Rojas y Fabio Andrés Vinasco, “Urbanización de
“Alimentar las ciudades”, Universidad Externado de Colombia (Bogotá, Mayo
2018). Sylvie Nail, Editora.
[10] El libro mencionado también analiza
distintos procesos de agricultura urbana, que si bien en muchos casos
constituyen un exitosa realidad, están muy lejos todavía de suplir desde adentro, las necesidades
alimenticias de una ciudad. La seguridad alimentaria de las ciudades sigue
dependiendo del campo y si bien la agricultura urbana les otorga cierta
autonomía a las comunidades que la practican, está muy lejos de ser una
“solución global”. Tampoco pretende serlo, entre otras razones porque gran
parte de los agricultores urbanos -como las semillas de sus cultivos y sus
saberes para cultivar- son de origen campesino.
[11] http://www.portafolio.co/economia/finanzas/obras-necesitaran-75-millones-toneladas-materiales-37256
[12] https://www.razonpublica.com/index.php/econom%C3%ADa-y-sociedad/8268-la-regi%C3%B3n-h%C3%ADdrica-del-r%C3%ADo-bogot%C3%A1-por-una-cultura-anfibia.html
[13] A través de este link
se accede a cinco publicaciones recientes de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá sobre las relaciones entre
Bogotá y a Sabana, que recomiendo conocer. En el cuarto libro se publica un
artículo del mismo autor de este documento, titulado “Desafíos para el
Distrito Capital de un país comprometido con la paz entre los seres humanos y
con los ecosistemas” que también invito a leer. http://www.mejorasyornatobogota.com/biblioteca-digital/
[15] https://cepri.upb.edu.co/index.php/politica-urbana/analisis-de-los-acuerdos-de-la-habana-primer-punto-hacia-un-nuevo-campo-colombiano-reforma-rural-integral
[18] “Según reportes de la Secretaría Distrital de Salud, en Bogotá se
diagnostican tres casos de cáncer de piel por día, 6.500 en Colombia y,
aproximadamente, 250 personas mueren al año por causa de la enfermedad. El cáncer de piel es el más frecuente a nivel
mundial y en Colombia, particularmente, ha venido en ascenso en los últimos
años. De acuerdo al estudio “Incidencia de cáncer de piel en Colombia, años
2003 a 2007”, publicado por el Centro Dermatológico Federico Lleras Acosta y la
Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, este tipo de cáncer pasó de
registrar 23 casos por cada 100.000 habitantes a 41, siendo Bogotá y los
departamentos de Antioquia, Cundinamarca y Boyacá los más afectados. http://www.redmas.com.co/salud/salud-cancer-piel-bogota-colombia-oms-ssb-252158/
[20] http://www.fao.org/resources/infographics/infographics-details/es/c/411598/
Este link
remite a una página de la FAO dedicada especialmente al arbolado urbano http://www.fao.org/forestry/urbanforestry/en/ Recomiendo visitarla
[EG2]A
los editores de la Revista El Arrendajo Escarlata: dejo a su consideración si
esta nota introductoria debería ir como pie de página en la primera página del
artículo
[EG3]Respetuosamente
sugiero revisar la redacción de esta frase pues pareciera que es una frase coja.
Me atrevo a proponer un ajuste, sin embargo, corresponde al autor asegurarse
que sea fiel a su hilo conceptual
[EG4]Teniendo
en cuenta que a la fecha se acaban de conocer los resultados preliminares del
censo 2018, se recomienda incluir (puede ser una nota de pie de página) algunos
datos actualizados sobre la estructura demográfica de las ciudades y centros
urbanos en Colombia.
[EG5]Puesto
que los resultados preliminares del censo 2018 indican que la población
colombiana está alrededor de 45,5 millones, es decir muy por debajo de las
mismas proyecciones del DANE, se sugiere ajustar y/o acotar esta sección del
manuscrito
[EG6]En
efecto, como bien lo señala el autor en su nota de pie de página, a la fecha se
acaban de publicar resultados preliminares del censo 2018 que ubican la
población colombiana alrededor de 45,5 millones
[EG7]Revisar,
acotar y/o clarificar proyecciones del DANE a la luz de resultados preliminares
del censo 2018
[EG8]Revisar
en el pie de página la referencia a la publicación “Alimentar las ciudades”.
Pareciera que hay una inconsistencia: “Urbanización
de “Alimentar las ciudades”
[EG9]¿Mayúsculas
o minúsculas?
[EG10]Se
sugiere revisar construcción de la frase
[EG11]Revisar
construcción frase


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