lunes, junio 29, 2026

Introducción: en Junio de 1971, cuando yo tenía la esa sí muy módica edad de 17 años, publiqué en el diario El Liberal de Popayán, el relato titulado "Una fantasía espacial" con motivo del fallecimiento de tres cosmonautas soviéticos, suceso al cual hace referencia este artículo de la NASA (de 2021) titulado Hace 50 años: Recordando a la tripulación de la Soyuz 11. Ese artículo comienza así:

La Unión Soviética estableció la primera estación espacial experimental en órbita terrestre en junio de 1971, cuando los cosmonautas de la Soyuz 11, Georgi T. Dobrovolski, Vladislav N. Volkov y Viktor I. Patsayev, abordaron la Salyut y pasaron más de tres semanas a bordo del laboratorio realizando diversos experimentos. La tragedia se produjo cerca del final de su misión, que batió récords, cuando, poco antes de la reentrada en la atmósfera terrestre, los cosmonautas fallecieron a consecuencia de la despresurización repentina de su nave. No llevaban trajes presurizados. El gobierno soviético rindió homenaje a los cosmonautas con un funeral de Estado, en el que el astronauta de la NASA Thomas P. Stafford representó al Presidente de los Estados Unidos. Como consecuencia del accidente, los soviéticos suspendieron temporalmente los vuelos espaciales tripulados mientras los ingenieros rediseñaban la nave Soyuz. Desde entonces, todos los cosmonautas usan trajes espaciales durante los lanzamientos y aterrizajes de la Soyuz.

Foto: Rita Novosti

Y acá viene mi relato:

Junio de 1971. Tres cosmonautas soviéticos surcan el espacio mientras se preparan para regresar a su lugar de origen tras 21 días de vuelo sideral. Uno de ellos supervisa el funcionamiento de la nave, mientras sus dos compañeros descansan en sus respectivas literas. 

De un momento a otro la cápsula se ve invadida por una extraña luminosidad que, tras despertar a los cosmonautas dormidos, paraliza a quien estaba de guardia. Recuperándose lo más rápido posible de la sorpresa inicial, el comandante de la nave revisa los sensores destinados a detectar cualquier anomalía de funcionamiento o fenómeno fuera de lo común; sin embargo, el asombro vuelve a apoderarse de los tripulantes al constatar que los tableros electrónicos indican que todo funciona con normalidad. Ninguna luz de alarma se ha encendido y, aparentemente, nada ha cambiado en el interior de la cabina espacial. 

Es urgente establecer contacto con el centro de control en tierra. El responsable de comunicaciones, procurando sintetizar su mensaje de la manera más clara posible, cierra los ojos por un instante. Inesperadamente, retrocede dos pasos y, con voz temblorosa, informa a sus compañeros: “La luminosidad me ciega los ojos; enceguece el espíritu”

Una expresión de asombro se dibuja en los rostros de los otros dos cosmonautas que lo escuchan, quizás no tanto por el fenómeno que describe, sino por la manera en que lo vincula con el espíritu, un concepto que creían haber relegado desde hacía tiempo. Sin embargo, al cerrar también los ojos, comprenden que el resplandor que los envuelve brilla en una dimensión distinta a aquella en la que se propaga la luz. 

Cuando su vista vuelve a tener contacto con los objetos de la cápsula, la extraña sensación de limitación espacial que los invade incrementa su desconcierto. Existe una relación similar aquella que se registra cuando una persona observa una fotografía bidimensional, con la diferencia de que han ascendido, si no en uno, en varios niveles, desde donde las relaciones entre los seres normalmente percibidas por los sentidos resultan absurdamente limitantes. 

Resignados a esperar y aceptar lo más increíble que pueda ocurrir, no se alteran al notar la confusión ondulatoria que prevalece en el estado al que han evolucionado. La vista y el oído ya no distinguen la diferencia entre una impresión luminosa y un sonido. 

En este aparente caos surge una primera percepción sensorial de la música del universo, con la cual se identificarán más adelante. Han ingresado al mundo de lo intemporal, del cual no pueden impregnarse plenamente mientras permanezcan atados a la restricción del cuerpo. 

Para desligarse de él no se requiere más esfuerzo que eliminar el hermetismo de la escotilla de salida, tras lo cual, al ingresar a la atmósfera, los espíritus abandonarán aquellos complejos de materia a los que han estado ligados desde tiempos inmemoriales. 

Los sentidos humanos perciben por última vez las ondas de la música del universo, mientras la nave espacial se dirige, de acuerdo con los planes del control de vuelo, hacia la atmósfera terrestre, donde los cuerpos de los tres cosmonautas perecen, debido a una diferencia de presión entre la cúpula y la envoltura aérea del planeta. (1)



Mientras tanto, los espíritus, liberados de la materia, se reintegran al engranaje cósmico al que habían pertenecido antes de su “nacimiento terrenal”, comprendiendo que su transformación se debe a haber alcanzado el límite de las dimensiones; un límite que previamente solo alcanzaron unos pocos hombres, entre ellos los alquimistas que poseían el secreto de la piedra filosofal.


(1) El dictamen científico explicó de esta manera la muerte de los cosmonautas durante su regreso a la Tierra.