martes, diciembre 18, 2018
domingo, octubre 29, 2017
Reflexiones sobre la solidaridad entre el ambiente y la humanidad
Este artículo se escribió para el suplemento CALEIDOSCOPIO - Suplemento de economía cooperativa y solidaria #17" del periódico "Desde Abajo", en el cual fue publicado
Octubre 20 de 2017
La raíz
Coinciden quienes
estudian la etimología de las palabras, en que “Solidaridad
viene del adjetivo latino solidus,
solida, solidum que significa sólido, macizo, consistente,
completo, entero. También real, seguro, sin vanos artificios, firme. Y del
verbo latino solido, solidas,
solidare, solidaui, solidatum, que significa consolidar, dar solidez,
asegurar, endurecer, soldar.”
De acuerdo con el
diccionario, soldar significa “Pegar y unir sólidamente dos cosas, o dos
partes de una misma cosa, normalmente con alguna sustancia igual o semejante a
ellas.”
En el caso de la
relación entre el ambiente y los seres humanos (vistos como especie, como
individuos o como comunidad), la solidaridad no consiste tanto en hacer algo nuevo, sino en reconocer lo que es un hecho y actuar de conformidad. No es pegar y unir sino reconocer que ya somos-estamos indisolublemente unidos y pegados.
O como lo decía hace varias décadas el inolvidable lema del “Grupo Ecológico
del Cauca”, que “Nosotros somos la otra
mitad del medio ambiente”.
Sistemas e interdependencias
La solidaridad,
entonces, es actuar coherentemente con la convicción de que los humanos
formamos parte de ese tejido de interdependencias
condicionantes que se denomina biosfera y que, a su vez, está estrechamente
interconectada con los demás sistemas (que no “capas”) de la Tierra: la
atmósfera (aire), la hidrósfera (agua), la criósfera (hielo), la litósfera o
geósfera (rocas)… y también la noosfera (“Conjunto
de seres inteligentes del planeta” según Vernadski, primer formulador de
este concepto que después desarrolló Theilhard de Chardin), y la infosfera, de
la cual habló por primera vez Alvin Toffler, y que hoy se materializa en la
internet.
Yo me atrevo a
añadir la magnetosfera (surgida de la interacción entre el magnetismo terrestre
y el viento solar), a este listado de sistemas concatenados (encadenados entre sí) que de alguna
manera determina las condiciones de existencia de todos y cada uno de los demás
sistemas y, en consecuencia, del planeta en su conjunto y de todos los seres
que formamos parte de él.
En cada territorio
y en cada ser humano confluyen todos estos sistemas concatenados: bien sabido
es que somos el resultado de la interacción permanente entre dinámicas
naturales y dinámicas culturales; resultado al cual se le puede aplicar ese
adjetivo latino solidus, solida, solidum que, como indicamos en el
primer párrafo, significa sólido, macizo,
consistente, completo, entero. Entendiendo lo de sólido y macizo no en el
sentido de su cohesión o estructura material, sino de la consistencia de su
significado en términos de los procesos que han conducido a que la Tierra y las
sociedades humanas seamos como somos hoy.
La solidaridad como “valor” y el valor de la solidaridad
Reconocemos la
solidaridad como un valor, pero
cuando voy a buscar en el diccionario el significado de valor, no encuentro
ninguna que me satisfaga a cabalidad. Ni siquiera la primera, de acuerdo con la
cual valor es “el grado de utilidad o aptitud
de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o
deleite”.
Digo que, en
cuanto hace referencia a la solidaridad -y a otros valores como la
reciprocidad, la equidad o la identidad- no me agrada esta definición (ni mucho
menos todas las que abordan la palabra desde una óptica predominantemente
económica).
Y no me agrada
porque solamente se le reconoce valor a algún ser, en la medida en que
satisface las necesidades de alguien humano, pero no porque ese ser sea valioso
por el mero hecho de existir.
Esta es una
expresión de la ética antropocéntrica que mira al mundo, al Cosmos entero, no
solo desde la óptica humana (lo cual sería lógico), sino desde los intereses
particulares y por lo general exclusivos de nuestra especie: lo que no es útil para los seres humanos
carece de valor y por tanto no tiene razón ni derecho a existir.
Muchos pensadores
vienen insistiendo en la necesidad de dar el salto desde esa ética
antropocéntrica, hacia una ética bio-ecocéntrica que reconozca que todos los
seres vivos compartimos este planeta, y que por el mero hecho de existir poseemos una dignidad. Incluimos también
a los seres que, como el agua convencionalmente no se suelen reconocer como
vivos, pero que forman parte esencial de la Vida en la Tierra.
Creo firmemente
que, así como hoy nos avergonzamos de una ética etnocéntrica que hasta no hace
mucho tiempo orientó -o desorientó fatalmente- a la humanidad, una ética según la
cual solamente una raza tenía derechos, incluyendo el de disponer de la vida y el
destino de otras etnias, así en un futuro ojalá no lejano, la vergüenza por la
manera como nuestra especie viene sacrificando la dignidad y la existencia
misma de otros seres vivos, formará parte del consenso general.
La semilla de la
ética bio-ecocéntrica ya está sembrada y no solo ya germinó, sino que está
comenzando a dar frutos en los movimientos animalistas y en el movimiento
ambientalista en general. La encíclica Laudato Si’ basada en el pensamiento
bio-céntrico de San Francisco de Asís, también apunta en esa dirección.
El planeta Tierra,
por su parte y de manera cada vez más explícita, está tomando medidas para
ajustar sus sistemas concatenados para responder a la manera puramente
antropocéntrica como la especie humana se ha venido relacionando con ella. Eso
se expresa en el llamado “cambio climático”. O sea que, por las buenas o por
las malas, si nuestra especie quiere permanecer en este planeta, esa ética
antropocéntrica predominante tendrá que evolucionar.
De la solidaridad hacia una nueva identidad fractal [1]
La solidaridad, al contrario,
por ejemplo, de la caridad (que es vertical), es una relación horizontal entre
seres interdependientes. Su ejercicio puede hacerse válidamente desde lo que
podría parecer una intencionalidad egoísta: Hoy
por ti, mañana por mí. O más exactamente: Todo lo que haga por tu bien, lo hago también por mi bien. Todo lo que
te dañe a ti, me daña también a mí.
Evado por ahora el
debate sobre el significado de los
valores [2], para mencionar que ese actuar de
manera coherente con lo que significa la solidaridad, nos conduce a otros
valores esenciales como la responsabilidad
(ser plenamente conscientes de las consecuencias actuales y potenciales de
nuestras decisiones u omisiones y de nuestra manera de actuar); y nos conduce también
a la consolidación de una nueva identidad.
Identidad solidaria-responsable
con el territorio del cual formo parte (desde mi entorno más inmediato hasta el
planeta Tierra).
Identidad y solidaridad “de reino”, que me hace
sentir y actuar de manera coherente con la convicción de que yo también soy un
animal.
Identidad y solidaridad de género con el género humano y con el género del cual, biológicamente o
por elección personal, cada cual es parte y expresión. Sin olvidar, por
ejemplo, que el éxito en la relación
de una pareja heterosexual depende de que la mujer interior del hombre esté enamorada
del hombre interior de la mujer… y viceversa. En el ambiente y en cada ser humano está presente,
en muchas formas, el Yin-Yang.
Solidaridad
responsable y autocrítica con lo que soy, que es el resultado de la confluencia
de todo eso que me otorga mi identidad
fractal: terrícola, humano, americano, suramericano, colombiano, caucano, popayanejo y, desde hace casi
dos décadas, parte activa de este territorio llamado Bogotá.
La necesidad de recuperar los sentidos olvidados
Lograr ese
sentimiento de unidad, esa identidad fractal, exige que despertemos los
sentidos que tenemos ahí, pero que se han olvidado y atrofiado porque durante
muchas generaciones no los volvimos a usar.
Sentidos como la intuición, a la cual por esa estupidez
máxima que es el machismo, renunciamos los hombres y se la dejamos
exclusivamente a la mujer.
O como la empatía y la compasión, o sea, la
capacidad de sintonizarnos para compartir la pasión con los demás
seres que forman parte de esa misma unidad.
Solidaridad-identidad con los que
sufren, sean humanos o no.
Y también el don de alegrarnos con los que gozan,
como los árboles cuando llueve tras varios días sin llover, o las aves cuando
cantan para celebrar el amanecer.
Tenemos que
aprender, entonces, a desarrollar nuevas sensibilidades y más profundas y más
efectivas formas de comunicación, con seres no humanos… pero también entre los
seres humanos, cada vez más afectados por ese grave error de confundir la
indigestión por exceso de información, con una verdadera comunicación.
Identidad-Solidaridad-Responsabilidad actual e intergeneracional,
como expresión de la conciencia de que las decisiones que tomemos ahora van a
generar consecuencias felices o desastrosas para las generaciones actuales y
para las que nos van a heredar.
Comparto la idea
de que somos protagonistas de una crisis
civilizatoria sin precedentes. Y de que, para encontrarle salidas
constructivas, que fortalezcan la Vida, necesitamos transformar profundamente
nuestra forma de ser, de actuar y de pensar.
En otras palabras,
en la teoría y en la acción, y en todo nivel fractal, debemos redefinir el
significado de HUMANIDAD.
Bogotá, Octubre 12 de 2017
[1] La fractalidad es esa propiedad en virtud de la cual la Naturaleza de alguna manera se repite a sí misma a medida que cambia de escala. Ver aquí
[2] También lo evado porque soy consciente
de todas las infamias que se han cometido y se siguen cometiendo, supuestamente
“en defensa de los valores”. Ese tema es para abordarlo en otra oportunidad.
domingo, octubre 15, 2017
lunes, junio 12, 2017
¿INVERSIÓN TÉRMICA LO DE ESTA MADRUGADA EN BOGOTÁ?
En febrero 2012 publiqué una entrada en este mismo blog con el objeto de mostrar cómo se evidencia la llamada inversión térmica en Bogotá y lo que los científicos que estudian este fenómeno explican sobre las causas del mismo.
En resumen, la inversión térmica se produce cuando el suelo pasa la noche desabrigado, sin sus cobijas de nubes, debido a lo cual gran parte del calor acumulado durante el día se disipa en la atmósfera, el suelo se enfría, y con él se enfría también la contaminación que se concentra a nivel del suelo sobre la ciudad. La capa de contaminación, entonces, es más fría que el aire que tiene encima y en la mañana no puede ascender. Es como intentar elevar un globo lleno de aire frío.
Mayo 7, 2004 - Efecto de la Inversión Térmica, en un amanecer totalmente despejado, sobre el occidente de Bogotá
A medida que el calor del Sol calienta el suelo en la mañana, con él se calienta el globo de contaminación, el cual comienza a ascender cuando su densidad llega a ser más baja (y su temperatura mayor) a la del aire que tiene encima. La contaminación, entonces, se eleva hacia sectores más altos de la troposfera.
Pero en el densamente nublado amanecer de hoy, como se ve en las fotos de abajo, ocurrió en Bogotá un fenómeno -a mi parecer- extraño, que si no derogó, por lo menos puso en duda lo que yo creía entender sobre las causas de la inversión térmica. Tras un domingo (día en el cual normalmente circulan por la ciudad menos carros que en los demás días de la semana) en el cual llovió intensamente durante gran parte del día, y al final de una noche a lo largo de la cual la lluvia no paró, el horizonte occidental amaneció cubierto de una gruesa capa de contaminación como la que usualmente aparece tras una noche despejada.
Junio 12, 2017, 5:57 am - En un amanecer totalmente nublado, fuerte contaminación a nivel del suelo en Bogotá
5:57 am
5:58 am
Un poco menos de una hora después, la gruesa manta de contaminación ya se había movido de su nivel inicial
6:46 am
7:00 am
7:05 am
Me pregunto si sería que la temperatura del suelo bogotano y de su capa de aire inmediata bajó tanto durante la noche (e incluso durante la tarde anterior), que se produjo el mismo fenómeno que normalmente se atribuye a la falta de cobijas, es decir, a la noche despejada. Posiblemente así fue, pero no entiendo por qué las capas más altas no se enfriaron tanto, siguieron siendo menos densas que el aire y la contaminación que tenían debajo, y al principio del amanecer le impidieron al globo ascender.
Lo que quedo en evidencia fue que ni el aguacero diurno del domingo, ni el nocturno, ni el de las primeras horas del lunes, lograron lavar el aire sobre Bogotá.
Ya alguien que sepa más que yo sobre el tema me explicará qué pasó.
Ver también: Sobre gases, camellos y nuestra condición de plaga
sábado, mayo 27, 2017
LA BERRAQUERA DE LA VIDA - En el Premio Planeta Azul 2017
Discurso en el acto de entrega del
Premio Planeta Azul
Versión XIII - 2017 - Bucaramanga, 25 de mayo de 2017
Fotos: en el vuelo hacia Bucaramanga para la entrega del premio
Bucaramanga en el amanecer
Amanecer en Bucaramanga
Fotos: en el vuelo hacia Bucaramanga para la entrega del premio
Bucaramanga en el amanecer
Amanecer en Bucaramanga
Don
Ángel Guarnizo y yo regresábamos del Cauca de visitar dos de los proyectos que
finalmente resultaron ganadores en esta edición del Premio Planeta Azul, y
tuvimos que esperar un tiempo mucho más largo de lo previsto en Palmaseca (el
aeropuerto de Cali y Palmira), porque una tormenta eléctrica había obligado a
cerrar Eldorado en Bogotá y tenía traumatizado el tráfico aéreo en todo el
país.
Aunque
esas demoras, por supuesto, generan incomodidad, a mí francamente esta no me
molestó demasiado, porque la causa de la misma debería servir para recordarnos que,
a pesar de toda la arrogancia humana, que en gran medida se basa en nuestra
enorme capacidad tecnológica, seguimos en manos de las dinámicas primigenias de
la Naturaleza, las mismas que existen desde hace 4.500 millones de años cuando
comenzó la formación de la Tierra, ese mismo planeta del cual formamos parte y
que constituye la razón principal de este evento que nos reúne hoy aquí.
Cada
día resulta más común que una gran cantidad de esas estructuras sociales y de
esos procesos humanos que llamamos “normalidad”, se vean afectados por los
efectos de dinámicas naturales, hoy especialmente por fenómenos
hidrometeorológicos extremos, ligados a la variabilidad climática o al cambio
climático. Este momento particular de la historia de la Tierra -que no solamente
de la especie human- se caracteriza por un acoplamiento sin precedentes de
dinámicas naturales y socio-naturales (como el cambio climático), con las
dinámicas socio-políticas y económicas que de una u otra manera nos determinan
la vida a los más de 7.500 millones de seres que hoy conformamos la población
humana.
Durante
esa larga espera en Palmaseca cayó en mis manos uno de los periódicos del día,
cuya primera página reseñaba, bajo un titular a dos columnas –El cruce de advertencias entre Estados
Unidos y Corea del Norte- las amenazas de Kim Jong Un de desatar una guerra
termonuclear, a lo que el vicepresidente norteamericano manifestaba que tienen sobre
la mesa todas las opciones para responder.
La
siguiente noticia hacía referencia a la movilización de centenares de milicianos
civiles uniformados en Venezuela, para enfrentar una marcha de protesta que
para el día siguiente realizaría la oposición. Más abajo se destacaba el incremento
de las alertas por inundaciones y deslizamientos en gran parte del territorio
nacional, y el horrible asesinato de un anciano en Cleveland, que el homicida
transmitió en vivo por Facebook, luego de lo cual se suicidó.
También
hacían noticia la búsqueda de fórmulas para revertir la caída de los
indicadores económicos del comercio y la industria nacional, y el retorno de
tres miquitos pigmeos que habían sido robados una semana antes del zoológico de
Medellín y que, luego de ser recuperados, volvían sanos y salvos al que ahora
era su hogar.
Periódico
en mano, no pude pasar por alto la gran paradoja de que, de todas esas noticias
que de manera objetiva describían la situación del mundo en la escala global,
regional, nacional y local, solamente una, la protagonizada por los tres miquitos
pigmeos, podía considerarse lo que coloquialmente denominamos “una buena
noticia”: un suceso que da lugar a la esperanza y que nos aporta algo de
felicidad.
Porque
las noticias protagonizadas por humanos solamente incrementaban la certeza de
que nos encontramos en medio de las turbulencias de una crisis sin precedentes
de eso que llamamos “civilización”; de una crisis profunda que se diferencia de
las otras muchas crisis por las cuales ha pasado la humanidad, es que en esta
oportunidad la Tierra y sus componentes no humanos han decidido asumir el papel
protagónico que les corresponde por derecho propio en estos procesos de
profunda transformación, y que si no renunciamos por las buenas a nuestra
condición de plaga, están dispuestos a sacarnos del juego.
Varias
veces la intervención de las fuerzas de la Naturaleza ha decidido el resultado
de aventuras humanas de manera radical, y ha determinado con ello el curso de
la Historia. Recordemos algunas:
Una
cuando, según relata el Éxodo, el Mar Rojo “se abrió” para permitir el paso de
los israelitas liderados por Moisés, y luego se volvió a cerrar sobre el
ejército egipcio que los perseguía, suceso cuya veracidad histórica ha sido
corroborada por investigaciones arqueológicas que encontraron formaciones de
coral construidas por la Naturaleza sobre los restos de lo que pueden haber
sido varios miles de carros del ejército egipcio, junto con restos humanos y de
otros artefactos que confirman esa versión sobre ese hecho que puede haber
ocurrido alrededor del año 1.446 antes de Cristo.
Existen
además explicaciones científicas aportadas, entre otras instituciones, por el
Centro de Investigación Atmosférica (NCAR) de la Universidad de Colorado en
Estados Unidos y ratificadas por modelos de computador, que demuestran en qué
condiciones vientos continuos a alta velocidad hacen que las aguas del Mar Rojo
retrocedan -“se separen”- y generen
un corredor seco precisamente en donde encontraron los restos mencionados y
donde afirma el Éxodo que este hecho tuvo lugar.
Otras
veces, cuando el fuerte frío de los inviernos rusos intervino para frenar el
avance de distintos ejércitos que pretendieron invadir ese país: el del rey
sueco Carlos XII que, en la llamada Gran Guerra del Norte, intentó invadir a
Rusia en 1709; luego cuando la Gran Armada de Napoleón trató de hacerlo en
1812, y finalmente cuando la tentativa de invasión de Hitler a la Unión
Soviética en 1941… aunque hay quienes afirman que en este último caso el
argumento del invierno fue más una disculpa de los generales del ejército
invasor para justificar el fracaso de esa empresa, en la cual perdieron la vida
miles de hombres durante los meses que duró el intento de invasión.
Pero
volvamos al periódico que, junto con mi amigo Ángel Guarnizo aquí presente,
acompañó mi espera en el aeropuerto de Palmaseca, al terminar nuestro recorrido
por dos regiones del Cauca a finales de abril.
Ninguna
de esas “malas noticias” que ocupaban la primera página de ese periódico, a las
cuales me referí atrás, constituían hechos aislados (ni siquiera la del horrendo
asesinato en vivo ante Facebook),
sino peldaños y ejemplos de procesos que hasta el día de hoy han seguido
avanzando por los mismos caminos, sin mayores indicios de que en el corto o
mediano plazo puedan cambiar. Por el contrario, todos los días se confirma, con
hechos concretos, el dicho según el cual “no
hay situación por mala que sea que no sea susceptible de empeorar”. Ojalá
me equivoque, pero me atrevo a suponer que las noticias del periódico de mañana
no van a presentarnos un cambio significativo de la situación global, regional
y nacional.
Un
ejemplo de las noticias que han tenido lugar en el mundo después de ese día de
finales de abril, es el de la inundación por deshielo del túnel de entrada a la llamada “Bóveda del fin del mundo” o “Caja fuerte de la biodiversidad”, situada en Noruega sobre el
último tramo de tierra firme antes de llegar a los hielos del Ártico, bóveda en
la cual se guardan, supuestamente protegidas de todo tipo de desastres, muestras
de todas las semillas de las plantas de las cuales depende la alimentación de
la humanidad. Ese deshielo constituye una prueba grave e irrefutable del
impacto del calentamiento del Ártico, ese componente vital del termostato de la
Tierra. Más sobre este suceso
Aunque
también, en ese lapso, tuvimos algunas noticias felices, también protagonizadas
por animales, como la de la re-aparición en la Sierra Nevada de Santa Marta del
barbudito azul, un diminuto colibrí
colombiano que se creía extinto desde hace 70 años, porque en esas siete
décadas nadie lo había vuelto a avistar.
Es
tan compleja la situación de la crisis planetaria, cuyos efectos sentimos a
diario en distintas escalas con tan
angustiante fractalidad, y resultan tan insuficientes -cuando no tan
incoherentes- la mayoría de los esfuerzos que se están realizando y de las
decisiones que toman quienes tienen en sus manos el mango de la sartén, que no nos cabe la menor duda de que solo un
milagro, o una bandada de milagros,
podría salvar a la especie humana, de nuestra propia extinción.
Estos
párrafos podrían parecer una manifestación de pesimismo sobre el futuro de la
humanidad, de no ser porque no pasa un solo día sin que nos encontremos con nuevas
evidencias de cómo, a lo largo de los cuatro mil millones de años de existencia
que lleva sobre este planeta, la
Berraquera de la Vida ha logrado imponerse tercamente sobre las evidencias
aniquiladoras. Sí, esa Berraquera de la
Vida que, para facilitarles el trabajo a las traductoras, describí como The brave stubbornness of Life (la
valiente terquedad de la vida) en un
evento internacional en Costa Rica en el cual abordé el tema ante un auditorio en el cual muchas personas solamente hablaban inglés.
Cuando en 2015 los compañeros y compañeras del Jurado me hicieron también el honor de invitarme a llevar la palabra en su nombre en la entrega del Premio Planeta Azul ("Lecciones de sostenibilidad desde los territorios locales") destaqué allí la convicción que tengo desde hace mucho tiempo y que acabo
de mencionar, de que la situación es tan compleja para la Vida en la Tierra y
en particular para la especie humana, que solamente un milagro o una bandada de milagros nos podrá
salvar. Pero también de que, como también lo mencioné hace un momento, no pasa
un solo día sin que la Berraquera de la
Vida nos demuestre cómo se
logran esos milagros en territorios concretos y tangibles del mundo real.
La Berraquera de la Vida
Quienes tuvimos oportunidad de analizar detenidamente las 215 experiencias postuladas para esta entrega del Premio Planeta Azul, encontramos allí una cantidad enorme no solamente de la voluntad, de los ingredientes y de las condiciones necesarias para lograr los milagros, sino de milagros en plena ejecución y con resultados tangibles y concretos que nos permiten fortalecer la certidumbre de que Colombia es un territorio en el cual, muchas veces en medio de la barbarie y de la guerra, la Berraquera de la Vida se expresa de manera incontenible y con toda su fértil exuberancia y terquedad.
Río Piendamó a su paso por el Resguardo Misak de Guambía (Silvia, Cauca), donde se lleva a cabo uno de los procesos ganadores del Premio Planeta Azul
Tras
el que, sobra decirlo, fue un arduo proceso de selección, surgieron como “ganadores”
(entre comillas) los siete procesos, distribuidos en tres categorías, que se
premian hoy. Y digo “entre comillas”, porque los más ganadores -no del Premio Planeta Azul sino de la Berraquera
de la Vida-, realmente no son los procesos expresamente destacados, sino
los territorios de distintas escalas en los cuales esos procesos se llevan a
cabo, las comunidades humanas con las cuales trabajan, los ecosistemas de esos
territorios, y el país en general.
Como
también son ganadores los territorios en donde se desarrollan muchas de las
otras experiencias y procesos que se presentaron a nuestra consideración pero
que esta vez, por una u otra razón, no quedaron en la selección final.
Que
eso no los desanime porque, como bien lo saben quienes impulsan y protagonizan
esos procesos, el principal premio vital es la certeza de que están realizando
milagros cotidianos en alianza con los ecosistemas y con las comunidades, y
están demostrando en la práctica concreta que sí es posible construir nuevas
relaciones a partir de las cuales puedan surgir la paz y la felicidad integral.
Fractalidad de las piedras espejo que, como maquetas o ecos, reproducen los hitos del territorio
Toda
esta cantidad enorme de pequeños milagros locales que se postularon y se
postulan para cada edición del Premio Planeta Azul, y los que se postulan a
otros premios, y los que no se postulan a ninguno, pero que se llevan a cabo
con igual tenacidad, y de los cuales están llenos, de un extremo a otro, el
mundo, el continente americano y el país, no han logrado, sin embargo,
transformar radicalmente el camino tan desacertado por el cual avanza la
humanidad.
¿Qué
falta? Que esos milagros locales,
efectivos pero aislados, adquieran la capacidad de articularse para volar en bandada. Es decir, para lograr eso que en
el mundo de los sistemas complejos se denomina Comportamiento Emergente, y que explica cómo se puede pasar del
comportamiento “simple” de una golondrina, o de un estornino, al complejísimo
vuelo de una bandada; o del comportamiento “simple” de una hormiga a la sorprendente complejidad de un hormiguero; o del de una sardina o una anchoa al complejísimo
vuelo submarino de esa forma de inteligencia distribuida que es un cardumen de
peces.
Ese
vuelo en bandada o en cardumen es el milagro que necesitamos generar. Hoy
entendemos que el Comportamiento
Emergente no depende del liderazgo impositivo de un “macho alfa” ni de un
mecanismo o figura similar, sino del acoplamiento y la comunicación de cada
actor autónomo con los demás.
En la ECOALDEA de Fundamor (Mandivá, Santander de Quilichao), donde se desarrolla otro de los procesos que recibió el Premio Planeta Azul
Cada
una de las avecitas que verán en el video al cual los conduce el link de abajo, podría ser una de las 100 mil
millones de neuronas que poseemos en nuestros cerebros los más de 7.500
millones de seres humanos que habitamos la Tierra. O sea que lo que veremos
también podría ser una imagen de cómo surge un pensamiento en nuestros
cerebros, o de cómo pasamos en nueve meses de ser un ser unicelular conformado
por un óvulo fecundado por un espermatozoide, a ser un complejísimo ser humano,
un individuo único y particular, conformado por trillones de células.
Bandada de estorninos: un bellísimo ejemplo de los milagros que hace la Vida... La Berraquera de la Vida
Pero
así mismo, cada una de esas avecitas podría ser un proyecto como los siete que
premiamos hoy. Imaginémonos en Colombia a decenas o a centenares de procesos en
alianza con el agua y con los suelos y con el clima y con todas las expresiones
y formas de la biodiversidad, logrando el milagro de nadar en cardumen o de volar
en bandada. Sin un liderazgo único centralizador, sin renunciar ni a su
autonomía ni a sus particularidades ni a su diversidad cultural y territorial,
pero realizando de manera concreta esas transformaciones de las cuales dependerá
que las próximas generaciones colombianas puedan consolidar y formar parte de
un país en paz; de un territorio capaz de garantizarles a todos los seres
vivos, humanos y no humanos -incluida el agua, ingrediente esencial de toda
Vida- una existencia con calidad y dignidad.
Siguiendo
el ejemplo de quienes reciben hoy el Premio Planeta Azul, unámonos al vuelo en
bandada, apostémosle a la paz entre los seres humanos y a la convivencia
responsable y solidaria con la Tierra y con todas las expresiones del fenómeno
vital. Que la Berraquera de la Vida nos inspire y nos bendiga. Avancemos en paz.
Gustavo Wilches-Chaux
Sobre Comportamiento Emergente en procesos humanos encuentran varias reflexiones a partir de la página 65 del libro "El Proyecto Nasa: la construcción del Plan de Vida de un pueblo que sueña"
Sobre La Berraquera de la Vida encarnada en sobrevivientes de minas antipersona, encuentran varias reflexiones en este link
La Berraquera de la Vida en el bosque encantado de la ECOALDEA
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